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¿LA MEDICACIÓN ENGORDA?

18 Nov

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No me da la gana de documentarme para responder con precisión. Si alguien sabe respuestas y razones que no empiecen por : “se cree que tal hormona…”, por favor, que lo añada en Comentarios, por ahí abajo.

De modo que hablaré de mis experiencias personales y de otras que personas más o menos psiquiatrizadas han querido compartir conmigo.

La respuesta es… no sé.

Una forma de atizarle a la ansiedad es comiendo. Yo me como la ansiedad. Me la ceno, para ser más certero. Si tengo tiempo, conforme voy echando alimentos al buche voy notando que una relajación se va apoderando de mí, que voy olvidando los malos rollos del día y que me van a intentar amargar al día siguiente. La clave está en empezar pronto a zampar. Así puedo estar mucho rato cenando y que no me den las once de la noche volviendo a poner cerco a la despensa, en plan juego de mesa.

¿Esta ansiedad se debe a la medicación? No puedo ser concluyente, señoría. Mi glotonería ha sido una constante frente a tratamientos farmacológicos variables. Mi madre es testigo. Por otro lado, esos distintos tratamientos me han hecho variar mis preferencias más hacia lo dulce que hacia lo salado. ¡¿Está usted de coña?! Puede ser, señoría, puede ser. Pero a los hechos me remito.

Leña al mono, señoría. Sigamos con la argumentación. Como sabrá, llevo desde abril sin fumar. Abandonar esta adorable y estilosa adicción me ha supuesto un terrible y sorprendente síndrome de abstinencia físico que no duró más de tres días y otro psíquico que… bueno. Sobran las palabras. Ansiedad. Ceno lo que pillo. Compro de todo. Puedo estar tres horas comiendo si no se me interrumpe y sin comerme al que me interrumpe. Véase, mi hijo. ¿Sustituyo con las laminurías, dulzainas y demás chucherías al tabaco de liar? Parece que sí. En casi 7 meses llevo engordados 12 kilos.

Acusado, ¿en este periodo de tiempo se han visto modificadas sus costumbres, no sólo alimenticias? Sí padre. Perdón, sí, señoría. Aquella depresión preprimaveral, los trombos, la ausencia de actividad física -paseos a parte, en fin-, el no fumar influyó mal que le pese, actividades mucho más aeróbicas, cambios en la medicación…

Ajá. Cambios en la medicación… Que no, tío, digo señoría. Que los cambios en las drogas que he tomado pueden ser una consecuencia de lo anterior. O debiera.

¿Puedo concluir que las drogas psicotrópicas engordan? No puedo. Te dejan tirado, te generan una ansiedad que -a mí al menos- te lleva a comer. Evitan que hagas el ejercicio que equilibraba tu metabolismo. A su vez, y esto pasa con frecuencia, comprobar que engordo genera más ansiedad que me quito comiendo y, en consecuencia, engordando más. Pero en sí mismas…

Entonces, ¿en qué quedamos?

Señoría, deje de tomar lorazepam y vaya a almorzar. Y déjeme en paz a mí de paso.

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2ª PARTE DE QUÉ CANSADO ES ESTO DEL TRASTORNO BIPOLAR

27 Oct

En la anterior entrada, que se llama casi como ésta, me quedé en el esbozo de lo que quería contar. Está por ahí abajo, con una foto de este tipo…

Irritado

Cuando pensaba en el título de la entrada, me refería a la fatiga que me puede suponer echar la vista atrás para evitar lo que te venga por delante. Lo de la enfermedad del ombligo, esa descripción mía de que, para manejarte por esta vida con este diagnóstico hay que andar mirándose el ombligo “duermo poco, hablo mucho, o duermo demasiado o estoy irritable…”

En la anterior entrada hablaba de lo que cansa el mero hecho de hacer memoria. De esforzarme por no distorsionar la realidad y, “a la vez, de admitir sus dudas”. Pues sí, cansa. A veces, toca pelear contra la distorsión mnemotécnica del otro interlocutor en algún episodio concreto que tengo claro, cristalino, en la cabeza.

Vamos, que este escrito ha nacido con el afán de aclarar y me temo que tampoco he conseguido lo que quería.

Creo que en el libro lo explicaba mejor: “mirar hacia delante, pero tampoco demasiado”.

QUÉ CANSADO ES ESTO DEL TRASTORNO BIPOLAR

26 Oct

Irritado

Me ha dado por pensar en los distintos sentimientos que he vivido a lo largo de un episodio, sea depresión o manía o hipomanía. Me he encontrado con los problemas de que

-no los recuerdo todos los episodios

-y de que no recuerdo todo lo que sentí en cada uno de ellos.

Esto debe ser frecuente, por lo visto. Muchas veces tienes la percepción tan distorsionada que el recuerdo se aleja de la realidad más todavía. Amnésicos prescritos a parte.

Cotejándolo con otras personas que fueron testigos de los brotes que he intentado recordar, la verdad es una utopía que sólo llega a alcanzar coincidencias: lo que a mí me pareció gracioso a estas personas les pareció un drama. Y viceversa. De lo que se deduce que yo tengo que empezar a trabajármelo con un lastre añadido que viene a ser la duda de si realmente fue así como ocurrieron los hechos, si fue así como íntimamente gestioné la crisis y si fue así… Si realmente fue una crisis.

Porque rizando el rizo, y poniéndonos de enemigo, incluso podría negar esos episodios como avisos de un brote propiamente dichos. Por el motivo que sea. Qué sé yo, estoy irritable hasta el insulto pero duermo como un bebé de los que duermen bien. Por ejemplo.

Todo el entorno padece mi irritabilidad como parte de una patología -esto es, yo no puedo estar irritable sin más, es parte de mi enfermedad que me subyuga- y la manera más efectiva de poner fin es hacer de Pepito Grillo del psiquiatra y evitar la cuarta hospitalización

“Comunican hasta las piedras”. Robo esta frase a Cristina Ochoa y entono el mea culpa. Estoy haciendo algo mal cuando quienes se arriman porque me quieren no son capaces de establecer un diálogo conmigo. Un diálogo que, por supuesto, no voy a tener con un profesional de la salud mental. Porque no me quiere, porque no es su objetivo y porque está saturado de trabajo.

Enlace

COMENTA. OPINA. DEBATE. Tratamiento Ambulatorio Obligatorio

16 Sep

https://vimeo.com/39569938

 

 

UNA PETICIÓN SUGERENTE: “¿Qué se siente cuando un bajón empieza a remitir?”

26 Ago

“Muy buenas, caballero. ¿Puedo hacer una petición? Siempre me he preguntado cómo es el momento o la experiencia de cuando sientes que un periodo de bajón empieza a remitir. ¿Podrías explicar cómo lo vives tú? Si te apetece. ¿Es de repente, poco a poco? ¿Tienes que “hacer fuerza”? Muchísimas gracias, te invito a una Pepsi.”

 

Estas palabras son de un mensaje recibido en la página facebook del libro, Tengo trastorno bipolar. Conozco personalmente a la persona que las firma. No, tampoco tomo Pepsi ni ningún otro refresco de cola.

Voy por partes. Por preguntas. A la primera, la respuesta es sí. De hecho, te voy a intentar responder temiendo decepcionarte.

La segunda es indirecta: “…cuando sientes que un momento de bajón empieza a remitir.” Luego me pides que lo explique. Esto me es está suponiendo un ejercicio más doloroso de lo que pensaba. No consigo recordar como una meta el final de una melancolía de las jodidas, con diagnóstico o sin él. La vida, el día siguiente, sigue retándome, poniéndome trabas, sugiriéndome. Tengo una clara excepción, y quizás por eso la cuento en el libro, tras decidir que ya estaba bien de estudiar oposiciones y me tocaba currar, ser productivo y hacer vida laboral y social. Ahí sí recuerdo una fecha, un domingo de primavera, un paseo con mi madre, un rato sentados viendo mecerse al cereal… Siento fastidiarte el espíritu de la pregunta porque sólo me ha pasado una vez y no es significativo para nada.

Supongo que te estoy contando que el puto cliché de esta enfermedad es más falso que un duro de hojalata. Es como si yo te preguntara ¿qué sientes cuando sales de un catarro? o bien ¿te dejas de enamorar poco a poco? Vamos, que cada bajón, cada comer mierda no se suele parecer mucho a los anteriores. Ni por el momento en que te pilla, ni por el tipo de causa, ni… En mi caso, como en el de todo el mundo, creo, si fuera siempre igual lo vería como un chollo. Pongo el ejemplo del golpe en la cabeza. Llevamos dándonos golpes en la cabeza desde que tenemos uso de razón. Las variantes, en golpes moderados, no son grandes: vemos las estrellas, un chichón, a lo mejor una brecha y un poco de sangre… Vuelvo al momento del impacto, a cuando vemos las estrellas, a cuando nos llevamos las manos a la cabeza o lo que que cada uno de nosotros hagamos. Siendo el golpe moderado, sabemos que de ese golpe también salimos con vida, por más dramáticos que seamos.

La conclusión del argumento es que sería un chollo que una depresión clínica fuera como un golpe moderado en la cabeza desde el punto de vista de que el origen, la evolución, el posible duelo y la recuperación fueran bastante parecidos. Oh. Qué pena. En fin, no creo haber decepcionado a nadie.

Por otro lado, sí hay grandes rasgos en los que a mí me resulta muy útil encontrar analogías, asumiendo que cada depre es de un padre y de una madre. Veamos. En mi caso, no me pienso suicidar. Luego una depresión, si no me pongo radical en cuanto a la -ausencia de- alimentación, no va a ser mortal. Aunque bueno, esto admite otra excepción que la pienso seguir repitiendo. El exceso de inactividad, el estar totalmente tirado, postrado, en modo seta, puede provocar trombosis. Igual que cuando te operan de lo que sea y vas a estar en cama.

...te mueves menos que los ojos de Espinete

…te mueves menos que los ojos de Espinete.

En mi caso, esta primavera se me formaron dos TVP, trombos de vena profunda en la pierna izquierda. Si alguno de ellos se hubiera desplazado, unido a mi sobrepeso y a que fumaba, me hubiera podido provocar una embolia pulmonar y los que leéis este blog os hubierais quedado sin autor.

Cierro paréntesis. Vamos, que de una depresión, salvo excepciones, se sale siempre. Más gordo, más flaco, con peor color, con más canas, con peor olor corporal, pero se sale a pesar de lo que se ha venido creyendo en las semanas precedentes. Esto es muy importante y a mí me resulta muy útil durante la fase de bajón. “Saldré de ésta como salí de las demás…”. ¿Mantra, se llama, eso de repetirlo muchas veces?

Cómo lo vivo yo. Salvo excepciones, mis tristezas tienen un punto masoquista de placidez. Si alguien no lo entiende, que yo me he explicado como un libro abierto, faltaría más, por favor que me lo haga saber en un comentario. Gracias.

Otro apunte y me remito de nuevo al libro en cuanto a plazos y nivel de bajonazo. Sigo creyendo que me tengo que dar un cierto tiempo (“dejar que pase la marea y me arrastre”). Me parece que es el momento de buscar, casi intuir, las causas, a santo de qué viene esto ahora, qué tengo por delante… para, en un momento dado y apoyado en las circunstancias, intentar bracear hacia la orilla, con la esperanza de que la resaca haya pasado y de que mis fuerzas sean suficientes. ¿Tiene esto algo de científico? No. El tratamiento de mis trombos tampoco mucho, la verdad. De modo que si soy capaz de verme capaz (¿has visto?) de darme la vuelta, evaluando mis capacidades desde un prisma bastante negativo, para qué engañarme, y a pesar de eso tengo la energía para intentar volver a la playa… Tío, ejercicio superado. Así que muchas veces la salida del agujero quiero que sea algo activo, dinámico, que requiera un esfuerzo donde yo sea capaz de encontrar el premio.

En caso de alcanzar la orilla no hay fuegos artificiales. Como ya he reivindicado aquí, la victoria es propia, íntima, sólo de uno mismo y de nadie más. Del mismo modo que el que ha estado comiendo mierda a paladas ha sido uno mismo y nadie ha pedido una ración para paladear, no vaya a estar buena.

Mi sensación es que vuelvo a darme cuenta de que estoy en pelotas, de que por nada del mundo me apetece otro baño, así que habrá que agarrarse a esas circunstancias que hace poco vimos como propicias y echarle todas las agallas que quedan. Porque tienen que quedar. Porque sé que quedan. Porque sólo tengo que buscarlas.

Las anteriores veces fui capaz ¿Por qué ésta no?

 

Notas. Una vez más, desde las tripas, con un episodio reciente y con las vivencias muy próximas en el tiempo y en las cicatrices de mi piel.

No he sido capaz de meter en el texto la idea de la gran ventaja que tenemos los que, como yo, tenemos esta tendencia a la melancolía, a la tristeza. Pobres asintomáticos, pobres de los que no habéis pasado unas cuantas veces por estos páramos: tenéis muchos menos recursos que nosotros para salir de ahí y llegar al vergel donde todo tiene color y el sabor de la boca de uno mismo no intoxica.

Ricardo: gracias y vete a la mierda.

 

 

 

NO LE DES TANTAS VUELTAS A LA CABEZA

4 Ago

La cerda de tu hija dándole vueltas a la cabeza

-Si me dieran 100 € por cada vez que me han dicho algo parecido…

-Ya tío. Pero es que haces las cosas muy difíciles. No es que te cueste decidirte, es que te comes el tarro con historias que no tienen tanta miga.

-Vaya, creía que uno de mis mejores avances había sido ser prudente en mis decisiones. Eso lo consigo a base de ser reflexivo.

-No cuela.

-De acuerdo, no cuela. Lo vuelvo a intentar. Desde que tenía 15 años le he dado vueltas a la cabeza, sobre todo en la cama. Dándole al centrifugado. Y no para tomar una decisión necesariamente. Te digo lo que decía entonces: no lo puedo remediar.

No le des tantas vueltas

 

-Vamos a ver, chaval ¿Te ayuda a decidir la mejor de las opciones?

-Reconozco que no. Pero eso no significa que sea destructivo. O que me absorba unas energías que no tengo. O que distorsione la realidad. Simplemente miro el asunto desde un excesivo número de ángulos. Eso me lleva tiempo y me puede quitar horas de sueño.

Reivindico que darle demasiadas vueltas a las cosas es algo intrínsecamente inocuo. Con el tiempo y la aceptación, no provoca sufrimiento. ¿Que es un poco agónico? Pues sí. Como comerse las uñas o ser osasunista. Y yo no ando creyendo que le voy a solucionar la vida a uno por decirle que no se coma las uñas.

LA CONFIANZA, ESA SOBREVALORADA

2 Ago

Todo el mundo habla de ella como si objetivamente fuera “bueno” tenerla. Parece claro que hay dos tipos de confianza: la que se tiene un uno mismo y la que tienen los demás en ti. Atención, las dos son muy importantes. No, no sé si es lo mismo que la estima.

FERMIN CACHO. ORO BCN 92 EN 1500

Hay que aplicarse para conseguirla. Lo de aumentar el saldo de confianza en uno mismo se puede entender. Incluso se pueden (¡se deben!) percibir sus bondades conforme este saldo va creciendo. Ahora bien ¿dónde se consulta la que tienen los demás en uno? “Por la conducta de los demás hacia ti, por sus hechos…” Aaah.

Vaya, vaya. De modo que es algo complicadillo de cuantificar. La confianza es algo subjetivo, intangible y su bondad, como cualidad innegable, se puede relativizar.

Lo bueno de todo es que se puede vivir sin confianza. Es más –salto al vacío-, se debe aprender a vivir sin ella. Se puede vivir sin confianza en uno mismo, con saldo a cero. Y por supuesto que se puede vivir sintiendo la ausencia de la confianza de los demás en uno mismo. Claro que sí.

He tenido la tentación de poner ejemplos. Me he dado cuenta de que no hace falta. Cualquiera, a nada que lo piense un poco, lo sabe. Tiene esa verdad por ahí dentro, en su mollera. Lo sabe y punto.

El hecho de saberlo da poder. Pero ¿no dará también confianza?

Pues a lo mejor, mira tú qué curioso.

Lo de la confianza de los demás, esa esperanza firme que tienen en uno… Pues no sé. Me parece que si el panadero de tu calle confía en mí me importa un pimiento. Lo que quiero decir es que te puede afectar si quienes más te quieren… perdón, si quienes tú más quieres no confían en ti. Sigo insistiendo. La confianza está sobrevalorada. Se debe aprender a vivir sabiendo que esa manida confianza ajena es circunstancial y así como hoy es muy grande y todo es muy bonito, pasado mañana se va por el desagüe y se puede seguir tirando para adelante. Al fin y al cabo, es algo ajeno a ti. Se supone que la ganas y la pierdes, pero esto no es una verdad objetiva.

Esto deja de ser una opinión personal. Lo aclaro no vaya a ser que se me echen al cuello todos los escritores de libros de auto ayuda. Y sólo tengo uno. Un cuello, libros de auto ayuda no tengo.

A DRK, por las chapas. Con cariño y confianza, eso sí.

SOLEDAD, TRISTEZA Y DESCOJONO

27 Jul

Cada vez leo más que, por delante y por encima de todo todo diagnóstico, es la soledad la causante de mayor dolor en personas que arrastran un diagnóstico de enfermedad mental. Soledad como causa del estigma y del autoestigma. También provocada por viejos complejos asociados, de nuevo, a síntomas. La incomprensión de quienes más importan pueden llevar a agudizar esa dolorosa sensación de soledad. Y me refiero a ese aislamiento involuntario y no deseado. “Solo rodeado de gente.”

Así pues, me sumo a quienes opinan que la mera soledad puede ocasionar más dolor que las consecuencias de unos síntomas, un diagnóstico o una enfermedad por sí mismos.

Siguiendo con este cascabelero texto, la tristeza… ¿o debería hablar de la melancolía siguiendo las enseñanzas de La Revolución Delirante? puede tener diversas causas. Una de ellas, cómo no, sería la soledad. Pero existen otras muchas. Por causas propias, ajenas. De comprensible explicación. O no. Como parte de un proceso de duelo…

Marea en el Kutxitril, creo

“Prima tristeza”, de Marea

Muchas veces me he referido a mis depresiones como “mis tristezas”. No sé si como un eufemismo, o porque no siempre he tenido claro que alcanzaran el concepto clínico de tales supongo que por duración y esas mandangas. A los que también me suelo referir recurrentemente como “comer mierda”. Aquí me detendría a debatir sobre si hace falta sufrir determinados síntomas durante dos meses para que se considere depresión. Digo yo que se puede sufrir más en un fin de semana que en un mal año. Pero como lo considero harina de otro costal y quería ser breve, lo dejo aparcado para otra vez o para los comentarios o para todo lo contrario.

Como muchos de vosotros, lectores, yo tampoco considero que haya venido a vivir a un valle de lágrimas. Por otro lado, el llegar a ser un hedonista de manual huajoloteño me queda lejos. Asumí tiempo ha que, en lo que a mis momentos vitales se refiere, el objetivo es moverme entre esas dos aguas. Procurando aprovechar los sabrosos y minimizar en tiempo e intensidad los amargos. Como todos, digo yo.

No me cuesta reconocer que he tendido a regodearme en el mullido colchón de la autocomplacencia y el mamoneo, ahí tirado sobre la hamaca arrulladora de la desidia y el abandono. Además, ser tendente también a la euforia, me ha resultado costoso no dejarme llevar por la alegría desbordante que se puede sentir al comprobar que todo sale de forma y manera óptima, hasta el punto de creer que es así como siempre me debieran salir las cosas.

Me acerco inexorablemente a los cuarenta años. Sigo sin saber relativizar estas historias con que la vida se empeña en entretenerme, la muy cachonda. He utilizado en repetidas ocasiones (ver artículo para ActivaMent) el afectado argumento de que la experiencia me hace más perro y más sabio, y cosas por el estilo. Bien. A día de hoy creo que, si sigo tan capaz de sorprenderme a mí mismo repitiendo errores e incluso mejorándolos, esto es, cagándola aún más, he perdido mucha fuerza moral como para poder usar dichos argumentos -que se resumen en que pa huevos, los míos- sin dejarme en el más absoluto de los ridículos. Claro está, hasta que no rellene el cargador a base de tiempo y pueda dogmatizar (de nuevo) sobre la esperanza y la experiencia que da el fracaso.

Lo mismo para entonces publico otro libro.

Elena Figoli para ActivaMent

Elena Figoli para ActivaMent

Deprimido en San Fermín. Sobre mojado.

1 Jul

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Hace justo un año publiqué una entrada, Deprimido en San Fermín, en la que intentaba abogar por el respeto hacia los estados de ánimo de los demás. También intentaba reflexionar sobre la aceptada conveniencia de estar alegre cuando todo el mundo lo está a tu alrededor. Es ésta que sigue, un poco abreviada:

“Una de las cosas que más me revienta es la exigencia de tener que tener un estado de ánimo acorde con las circunstancias y los eventos.

Así como estar de subidón el día de todos los santos, por ejemplo, es pecado para muchos y está mal visto para casi todo el resto, si hay un momento en mi ciudad en el que estar feliz y contento es norma obligatoria es el 6 de julio y los días que le siguen. Las fiestas de San Fermín.

He de decir que para mí es, con mucha diferencia, el mejor día del año. Esta ciudad conservadora y pazguata se transforma en un todo vale. Sin reloj, sin hambre y con una sed infinita de casi todo. Los que han venido de fuera, contagian a los de aquí (o al revés) las ganas de divertirse a todo trapo no importa dónde y no importa -demasiado- con quién. Los pamploneses hemos ido contando los días, hasta las horas, para que llegue el momento de quitarnos la caspa y disfrutar.

German (tiroa burun)

Germán Rodríguez. Sanfermines 78

Un 6 de julio, ya de noche (…) la agresividad y la ira se habían apoderado de mí. Otra vez. De que estaba a punto de perder una partida que hacía no mucho que acababa de empezar.

Me fui a casa. Me tiré todas las fiestas, hasta el día 13, con una sola ducha mediante, en casa. Durmiendo. Leyendo. Viendo la tele. Todo a deshoras.

Triste. Dolorido. Procurando evitarme a mí mismo sin conseguirlo. Ansioso. Esclavo de mi ira y de mi decepción.

Cuando volví a salir a la calle, esa tarde del día 13, me di cuenta de que podía no haber desaprovechado tantos días de jarana.

O sí. No lo sé. Ha pasado mucho tiempo. El hecho de sentir aquel dolor no me preparó, no fue un ejercicio constructivo, no me aportó un aprendizaje que años más tarde tuve la ocasión de poner en práctica.

Me gustaría ser capaz de respetar a los que no tienen el cuerpo para farolillos cuando se supone que hay que tenerlo. También quisiera ser capaz de admirar a los que no claudican con los estados de ánimo dominadores y dominantes.

Lo que más me gustaría, para qué me voy a engañar, es que me respetaran por lamerme las heridas cuando me parece oportuno a mí, no a ellos.”

Este 2015 soy todavía más escéptico que el año pasado.

Pero también sigo creyendo en la fuerza del contagio. Del fenómeno que se produce cuando casi todo va bien para casi todo el mundo. ¿Que sea un efecto balsámico de corta duración? Vale, que nos quiten lo bailao. Al menos durante esas horas o días la angustia remite.

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Ya falta menos.SF2

 

EL CUENTO DE PEIO Y EL LOBO

20 Nov

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Me llamo Peio y esta vez lo cuento yo.

Hace ya diez años que empecé a escuchar aullar al lobo. Las primeras veces no hizo falta ni que lo contara: todos vimos al lobo. Como soy un agonías y bastante melodramático, la siguiente vez que lo escuché avisé, con más miedo que alma: “Que viene el lobo, que viene el lobo”. Fui escuchado por amigos, familia y gente especialista en lobos. Al final el muy traidor no compareció, lo cual estuvo muy bien para mí. Para los demás…

Empecé a perder credibilidad. Vamos, que cada vez que volvía a gritar que viene el lobo y el lobo no se presentaba, me tomaban por el pito de un sereno. Todavía más. Como estaba convencido de que el hecho de gritar mi angustia, mi desazón y mi miedo me servía además de para seguir atento y ser considerado con quienes más podían padecer su llegada, y también para -sigo sin saber cómo- evitar que apareciera, no dejé de hacerlo. Un bucle de desprestigio, como en el cuento original.

No juzgo la incomprensión de aquellos que no me escucharon. Esto funciona así, parece, y somos muchos los que gritamos: “Que me viene el lobo”. Ojalá fuéramos más los que lo berreáramos y supiéramos hacerlo en el momento apropiado y sin crear alarmas innecesarias.

Por mi parte, como este cuento lo cuento yo, confieso que estáis leyendo el penúltimo capítulo. Que estoy bajando de la azotea de un edificio de doce pisos. No he gritado que viene el lobo. Pero lo tengo a mi lado, sigiloso, bajando las escaleras.

No sé si gritaré ayuda la próxima vez que venga o me tiraré de esta misma azotea y se acabará mi cuento.

De momento, tengo un poco de hambre: voy a buscar una pastelería. El lobo también entrará, aunque no le dejen, porque es un ser destructivo, irreverente y antisocial. A mí, lo que es, no me respeta nada. Que se vaya y me dé un respiro, aire para poder gritar, si así lo decido: “Que viene el lobo”.

PLATICANDO CON UN PROFESOR

1 Nov

GOOD WILL HUNTING

Ha llegado por fin el otoño a Iruña. Me encuentro con un antiguo profesor que nos padeció hace ya más de veinte años. Mantenemos una de esas conversaciones accidentales y cronometradas de acera y cigarrillo.

Me comenta que volvió a verme en la prensa y que acudió a la charla de hace dos semanas sobre el estigma y la figura del Peer Support o Ayuda al Igual. Reconozco que le vi pero que no le pude saludar: estaba lejos, quería atender un compromiso, ya sabes.

Se arranca con la sinceridad que da la premura y el haber visualizado este encuentro previamente. Me dice que también estuvo, hace ya más de año y medio, en la presentación del libro. Que entonces tuvo sentimientos encontrados. Orgullo por un lado y curiosidad por comprobar qué había sido de mi vida desde entonces. Ignoraba que tuviera un diagnóstico. No percibió síntomas cuando me daba clase. Por otro lado, temor por mi exceso de valentía: sigue convencido de que voy a padecer mucho por haber hecho pública mi enfermedad de esta manera tan llamativa.

Escucho atentamente lo que me dice. Tengo un buen recuerdo de este profesor y siempre le he respetado. Le agradezco su asistencia a los dos actos. Como supongo que leyó el libro y no hace ningún comentario, le preguntó por su parecer sobre esa figura, la de Ayuda al Igual.

Me dice que es casi revolucionaria, que la idea es muy buena pero que no acaba de ver su lugar en los Servicios de Salud Mental, codeándose con psiquiatras, psicólogos y demás. Me dice que le ve una gran utilidad en institutos, tal y como se habló en la presentación.

Me permito, porque ya no tengo 16 años, discrepar. Estoy de acuerdo en que los jóvenes, el futuro, debieran ser educados en este aspecto. Pero le digo que también los profesores. Así como él no detectó, durante el curso que me dio clase, mi depresión severa ni mis crisis de ansiedad, que afectaron a mi rendimiento académico y a mi actitud en clase (del resto de aspectos de mi vida no le hablo), hoy en día ocurre lo mismo. Le hablo de la figura del maestro. Del bien que puede hacer una conversación de un adulto empático, a pesar de poder ser una autoridad, en la reconducción de una situación de este tipo. Por tanto, le digo, también los docentes necesitan saber más. Así nos lo han hecho saber unos cuantos de ellos, quejándose de la falta de recursos que tienen.

Tras su sorpresa sincera, estoy convencido de ello, me dice que que los síntomas que describo en el libro le parecen exagerados. Inmediatamente le interrumpo: mis amigos, algunos de ellos también antiguos alumnos suyos, opinan que las mayores salidas de tiesto, las más graves, las más duras, no aparecen en “Tengo trastorno bipolar”.

Por fin, por fin, reconoce que está muy sensibilizado con el tema: un familiar muy cercano fue diagnosticado hace tres años. No puedo evitar un “lo suponía”.

Me pregunta por mi vida, yo por la suya, recordamos alguna vieja batallita, me pregunta por tal y cual amigo, yo por su jubilación.

Al despedirnos me suelta: “¿Y ahora, qué vas a hacer?”

Confío en que seguir manteniendo conversaciones de este tipo con gente que en su día no quiso ver y ahora está dispuesta a arrimar el hombro. Como tú.

Añado un fotograma de la película “El indomable Will Hunting”, “Good Will Hunting”. Ni Robin Williams era profesor, ni yo soy una máquina mental. Me identifico con el personaje que interpreta Matt Damon por su escaso control de la ira y sus problemas con la frustración. Como es complicada de encontrar en DVD, me permito recomendarla y os invito a comentarla. Ahí, abajo, donde pone “Comentarios”…

No al préstamo de pago en bibliotecas

24 Ago

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En la web http://noalprestamodepago.org/ se puede encontrar toda la información, así como los autores que se han adherido. Manifiestos, logotipos…

Lo más importante es la explicación del atropello.

Todas las bibliotecas públicas se van a ver afectadas y ya se están sucediendo las primeras reacciones (la CA Vasca se va a hacer cargo del montante). Bibliotecas de municipios de menos de 5000 habitantes, de más de 5000 por otras razones, pertenecientes a redes de bibliotecas de administraciones autonómicas… Todas.

La Red de Bibliotecas Públicas de Navarra, ahora mismo, no sería viable. Implicaría el cierre del Servicio en cierto plazo. Dicen. Este Real Decreto se aplicará a partir de enero de 2016.

Demasiadas preguntas me quedan en el tintero con dos elecciones de por medio.

Esto es una barbaridad. Soy un firme defensor de la biblioteca pública. He tenido la oportunidad de trabajar como bibliotecario en tres (Sangüesa, Pamplona-Yamaguchi y Mélida), todas en Navarra, a lo largo de más de dos años. Sigo opinando que son centros de reunión desperdiciados, en mayor o menor medida. Si una biblioteca se cierra, no sólo significa que no vamos a poder acudir a que se nos presten libros. O que no se va a poder ir a estudiar. O a entrar al servicio porque no se llega a casa. O que no vamos a tener ese lugar de encuentro.

Discos. Películas. Clubes de lectura. Clubes de cómic. Cuentacuentos en distintas lenguas. Iniciativas culturales. Promoción de la lectura. Aprendizaje continuo. Acceso a las nuevas tecnologías. Exposiciones. Concursos. Cursos. Proyecciones. Charlas. Presentaciones de libros. Hemeroteca.

Ya paro, ya. También nos quedaríamos sin los que trabajan en las bibliotecas. No estoy haciendo amigos, que algo padecieron mi espíritu crítico y mis impulsos. Antes de trabajar en una biblioteca he sido usuario, como hoy lo sigo siendo. Quizás sea precisamente la fuerza de trabajo lo más desperdiciado de una biblioteca. El que no conozca sus virtudes tiene la oportunidad de acercarse a su biblioteca más cercana y comprobarlo: te están esperando.

¿Otra reivindicación más? ¿Con la que está cayendo? Cada cual lo debe valorar. Mi hijo cogió su primer libro en una biblioteca pública. Sus primerizos padres nos hemos llevado muchos libros para intentar hacerlo lo mejor posible, sabiendo que no toda la verdad está encerrada entre sus páginas. Ayer a la noche, en la cama, Amets abrió un libro -recetas de cocina, y lo abrió al revés- y consiguió con su actitud erudita que nos meáramos de risa.  La cultura es la inversión que, con la educación, -o al revés, lector, corrígeme- puede sembrar en él criterio, curiosidad y la formación de un espíritu crítico. Es lo que aspiramos a facilitarle. Una parte nosotros. La otra, el colegio y las bibliotecas.

Y si nos sale tan culto y tan bruto como para redactar y aprobar leyes como ésta, es que lo habremos hecho muy mal.

Hoy sí, firmo como

“Autor”.

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DEPRIMIDO EN SAN FERMÍN

1 Jul

Una de las cosas que más me revienta es la exigencia de tener que tener un estado de ánimo acorde con las circunstancias y los eventos.

Así como estar de subidón el día de todos los santos, por ejemplo, es pecado para muchos y está mal visto para casi todo el resto, si hay un momento en mi ciudad en el que estar feliz y contento es norma obligatoria es el 6 de julio y los días que le siguen. Las fiestas de San Fermín.

He de decir que para mí es, con mucha diferencia, el mejor día del año. Esta ciudad conservadora y pazguata en muchas ocasiones se transforma en un todo vale. Sin reloj, sin hambre y con una sed infinita de casi todo. Los que han venido de fuera contagian a los de aquí (o al revés) las ganas de divertirse a todo trapo no importa dónde y no importa -demasiado- con quién. Los pamploneses hemos ido contando los días, hasta las horas, para que llegue el momento de quitarnos la caspa y disfrutar.

Batallita de las mías al canto. Un 6 de julio, ya de noche ¿?, tuve un encontronazo en un bar muy céntrico con un personaje poco comunicativo y bastante maleducado: como yo a esas horas, aproximadamente. Que quieres una cerveza, yo te saco una; ahora que nos las hemos acabado, te la sacas tú. Que no, te suelto tres berridos. Que me sueltas un puñetazo, me voy detrás de ti, no hace falta que corras tanto.

En ese momento me agarraron dos amigos, me pararon, no vale la pena, déjalo ir, calma.

Y me di cuenta de que no estaba para nada calmado, de que la agresividad y la ira se habían apoderado de mí. Otra vez. De que estaba a punto de perder una partida que hacía no mucho que acababa de empezar.

Me fui a casa. Me tiré todas las fiestas, hasta el día 13, con una sola ducha mediante, en casa. Durmiendo. Leyendo. Viendo la tele. Todo a deshoras.

Triste. Dolorido. Procurando evitarme a mí mismo sin conseguirlo. Ansioso. Esclavo de mi ira y de mi decepción.

Cuando volví a salir a la calle, esa tarde del día 13, me di cuenta de que podía no haber desaprovechado tantos días de jarana.

O sí. No lo sé. Ha pasado mucho tiempo. El hecho de sentir aquel dolor no me preparó, no fue un ejercicio constructivo, no me aportó un aprendizaje que años más tarde tuve la ocasión de poner en práctica.

Me gustaría ser capaz de respetar a los que no tienen el cuerpo para farolillos cuando se supone que hay que tenerlo. También quisiera ser capaz de admirar a los que no claudican con los estados de ánimo dominadores y dominantes.

Lo que más me gustaría, para qué me voy a engañar, es que me respetaran por lamerme las heridas cuando me parece oportuno a mí, no a ellos.

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German (tiroa burun)

Germán Rodríguez. Sanfermines 78

 

FRUSTRACIÓN, IRRITABILIDAD, IRA.

13 Mar

A fuerza de escucharlo, leerlo y también de pensar en ello, tengo casi asumido que tengo una “baja tolerancia a la frustración“.

El mero hecho de hacer este ejercicio me irrita. Me toca las narices. Porque me gustaría tolerar mejor mis frustraciones, que pueden ser fruto de tantas razones…

carmelo11Si se dan ciertas circunstancias, esa irritación me puede lleva no sólo a que me toque las narices. También me puedo ir más allá, hasta la ira.

Como tantas otras personas, con diagnóstico o sin él, ciclo rápido. Soy de ciclación rápida. Puedo pasar de cero a cien en muy pocos segundos. Demasiados pocos segundos.

Estos términos, que entendemos perfectamente y que los vemos en la vida diaria, tienen connotaciones médicas. Quiero decir que pueden aparecer en informes y son tema de estudios, tesis, conferencias y demás.

En mi caso, la paradoja consiste en que esa cadena (frustración, irritabilidad, ira) puede ser un aviso de una manifestación de mi enfermedad. Con la peculiaridad de que no siempre sé si me avisa de que me voy hacia un estado de manía o hacia una depresión.

Debo hacer otro análisis, valorar otros factores y asumir otras circunstancias para intentar discernir por dónde me vienen los tiros. Y hacia dónde voy yo.

Cuánto camino me queda por recorrer. Es frustrante… A ver si no me pongo de mal café que luego, si me tocan los aparejos, me pongo de una mala leche…

 

He metido una foto de un galán de una pieza, que me parece un gran actor, leonés, y que da un juego bestial en las entrevistas: Carmelo Gómez.

 

LA IRA. EL CONTROL. LA CANALIZACIÓN.

28 Ago

“No sé si atracar un banco o irme a desintoxicar ¿Para qué quiero el dinero si todo me sienta mal?” Extremoduro.

“Sabotaje. Rebelión. Desobediencia. Agitación.” Kortatu.

Quizás sea muy inmaduro lo de no controlar la ira. Paso de ponerme a definir la ira. Tampoco me apetece soltar un rollo sobre su manifestación en las personas diagnosticadas de trastorno bipolar, o de si va antes el huevo o la gallina. Como es mi opinión, diré que todo cristo se enfada. Que el grado de demostración del enfado puede ser significativo, pero que lo que es realmente significativo es el esfuerzo para que no se te apodere. Insisto, el esfuerzo. Sabemos que cada uno, uno es. Y que el carácter no tiene que ver con un síntoma o un diagnóstico. A unos les cuesta mucho hacer ejercicio, o concentrarse, o mostrar cariño. Independientemente de que tenga trastorno bipolar o la próstata como un globo sonda.

Hablo del intento de control. Hablan de la canalización de la ira. Digo yo que, de canalizarse algo, se hará antes de llegar a ese estado de ira. Digo yo. Porque si no, menuda burra hemos comprado.

Bien, ya hemos llegado a ese punto en el que estamos de bastante mala hostia. Antes de que pueda con nosotros, vamos, amiguitos, a canalizarla de tal manera que sigamos siendo aceptados por la sociedad. Y no rompamos nada. Ni peguemos a nadie.

¿Habéis llegado hasta aquí? Muy bien, amiguitos. Hay muchos modos de canalizar nuestra ira. Eso, que no lo pone en los manuales que yo he leído, os lo tenéis que currar vosotros. Venga, no os desaniméis: más vale ponerse el mono de trabajo que la camisa de fuerza. Ya sólo os faltan unos cuantos años para alcanzar la madurez que os va a ayudar a que la ira no sea vuestra enemiga, sino uno más de los reveses con que la vida nos ameniza el tema y que, seguro, seréis capaces de superar.

Alto ahí. ¿La ira se supera? No. Se canaliza. Eso es.

Hasta aquí llega lo que yo he aprendido a hostias, a base de darlas y de recibirlas. Qué ira ni que niño muerto… Lo que pasa es que unos tenemos más mala leche que otros y que la sacamos peor que otros. Pero por eso no soy ni más ni menos peligroso, ni más ni menos culpable. Hasta que se demuestre lo contrario.

Cojones.

 

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