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EL DIAGNÓSTICO: META, SALIDA… ¿O QUÉ?

2 Feb

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Leyendo las atinadas respuestas de Mireia Azorín en el blog de ActivaMent, vuelvo a pensar en el momento del diagnóstico y en lo que supuso para el impaciente paciente que fui.

En una entrevista dije que, al darnos el diagnóstico=disgusto, me quedé como si me hubieran dicho que tenía cáncer de útero. No tanto por lo volado que estaba -ahí, en pleno ingreso, con drogas a mansalva-, como por la sorpresa que supuso y lo poco que pensaba que tenía que ver conmigo. ¡Estaban poniendo nombre a un rasgo de mi carácter! ¡Un nombre médico, una enfermedad, algo malo! En fin. Como una vez visto, todo el mundo es listo, encontramos síntomas que había padecido años atrás y que no hacían más que confirmar dicho diagnóstico.

Busco en el diccionario de la RAE y encuentro una acepción dicharachera y rumbosa:

2. m. Med. Arte o acto de conocer la naturaleza de una enfermedad mediante la observación de sus síntomas y signos.

Vamos, que me siento como el lienzo del pintor, un instrumento para que pueda expresar su arte. Porque del manual de síntomas tan idolatrado, en mí sólo puedo ver aquel psiquiatra un par, máximo tres. Y eso suponiendo que yo sea mi enfermedad.

He conocido a gente que lleva tiempo sin conocer su diagnóstico. Parece tendencia. Tratamos tus síntomas pero no tienes necesidad de colgarte una etiqueta. No me parece mal. Supongo que habrá que confiar mucho y yo la fe me la dejé hace tiempo en el camino.

También he conocido a personas que afirman que el diagnóstico fue el principio de todo. Algo así como que, gracias a él, encontraron el rumbo hacia el que remar.

A otros, en cambio, les ha arruinado la existencia el tener que cambiar su manera de vivir porque las consecuencias de ese diagnóstico… Uy, frase mal escrita, pero creo que se entiende.

Y he conocido a mucha, mucha gente que por culpa de esa etiqueta diagnostiquera han padecido dolores. El primero, el que te causas a ti mismo: ya he hablado mucho del autoestigma, de esa capacidad que les otorgas a otros para que te hagan polvo (Cristina García Aguayo, autora del blog Estoy como una maraca). Por otro lado, ese señalar con el dedo, deporte nacional en estas tierras, que entierra y borra la sonrisa, cuando menos la sonrisa, la de quién, no importa. ¿O sí?

De modo que el diagnóstico sí que pudo ser, para mí, la salida en cuanto arranca el empoderamiento, porque quieres que te dejen en paz y quieres ser mogollón de responsable.

Una anécdota: estas navidades le decía a mi sobrino el mayor que, en las asignaturas que no le gustan y anda más justo, el objetivo era encontrar motivaciones que le ayudaran a sacarlas adelante con holgura con el único fin de que los adultos le dejáramos tranquilo y no le diéramos la murga todo el día con el tema.

Pues parecido, el punto de partida. En mi caso, lo reconozco, estaba hasta las narices de controles y tenía la sensación de que, si me tiraba un pedo, mi cara iba a cambiar de color: todo el mundo se iba a dar cuenta inmediatamente… Quien dice un pedo, dice tener una mala salida… “un síntoma”.

Una meta vital. Nuestro Amets

Amets a punto de dejar de meditar

No creo que sea la meta para mucha gente. No para mí. Mireia habla del concepto pasivo de un diagnóstico en personas dinámicas, y más cuando eres joven y estás creando tu personalidad, estableciendo tus prioridades. Me hace pensar mucho, Mireia Azorín, que es una artista plástica como podéis ver si pincháis en su blog.

Que un diagnóstico es útil queda claro cuando te ven otros especialistas. “Ah, bueno…” No te jode, tiene mucho que ver que me rompa la rodilla con un trastorno bipolar… Pero no se le puede negar la capacidad informativa a la etiqueta, es a lo que voy. Estemos de acuerdo o no, creamos en los diagnósticos o no.

“Voy, ni contigo ni sin ti”. Estoy convencido de que muchas de las alegrías superlativas que me viene dando la vida poco tienen que ver con el trastorno bipolar. Del mismo modo, casi todas mis melancolías y casi todos mis ataques de ira son míos, de mi manera de ser.

¿Soy como soy, hoy día, debido a lo que hace más de veinte años me diagnosticaron? Estoy convencido de ello. De momento, nos vemos en el camino, por ahí.

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EL CUENTO DE PEIO Y EL LOBO

20 Nov

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Me llamo Peio y esta vez lo cuento yo.

Hace ya diez años que empecé a escuchar aullar al lobo. Las primeras veces no hizo falta ni que lo contara: todos vimos al lobo. Como soy un agonías y bastante melodramático, la siguiente vez que lo escuché avisé, con más miedo que alma: “Que viene el lobo, que viene el lobo”. Fui escuchado por amigos, familia y gente especialista en lobos. Al final el muy traidor no compareció, lo cual estuvo muy bien para mí. Para los demás…

Empecé a perder credibilidad. Vamos, que cada vez que volvía a gritar que viene el lobo y el lobo no se presentaba, me tomaban por el pito de un sereno. Todavía más. Como estaba convencido de que el hecho de gritar mi angustia, mi desazón y mi miedo me servía además de para seguir atento y ser considerado con quienes más podían padecer su llegada, y también para -sigo sin saber cómo- evitar que apareciera, no dejé de hacerlo. Un bucle de desprestigio, como en el cuento original.

No juzgo la incomprensión de aquellos que no me escucharon. Esto funciona así, parece, y somos muchos los que gritamos: “Que me viene el lobo”. Ojalá fuéramos más los que lo berreáramos y supiéramos hacerlo en el momento apropiado y sin crear alarmas innecesarias.

Por mi parte, como este cuento lo cuento yo, confieso que estáis leyendo el penúltimo capítulo. Que estoy bajando de la azotea de un edificio de doce pisos. No he gritado que viene el lobo. Pero lo tengo a mi lado, sigiloso, bajando las escaleras.

No sé si gritaré ayuda la próxima vez que venga o me tiraré de esta misma azotea y se acabará mi cuento.

De momento, tengo un poco de hambre: voy a buscar una pastelería. El lobo también entrará, aunque no le dejen, porque es un ser destructivo, irreverente y antisocial. A mí, lo que es, no me respeta nada. Que se vaya y me dé un respiro, aire para poder gritar, si así lo decido: “Que viene el lobo”.

EVITAR UNA CRISIS MANIACA

12 Sep

Cuento las horas que he dormido las últimas noches.

Recuerdo los comentarios que me ha hecho la gente que me importa sobre mi comportamiento en estos días pasados. Y, ahora, los escucho de verdad.

Rememoro, intentando ser objetivo, las salidas de madre. Ya no son anécdotas, son síntomas y así debo verlas.

Visualizo las consecuencias de las pasadas crisis: medicación a cascoporro, ingreso en el hospital o en su vertiente ambulatoria, pierdo mi identidad, mi rutina, mi capacidad para elegir, mi libertad, mis ganas de vivir a saco, baja laboral o despido, me deja una chica, luego me va a entrar un bajón del carajo…

Rememoro todos los propósitos que he venido haciendo los meses pasados.

Me busco las ganas de pelear por mí, de ser egoísta, de negarme a ser un títere con parkinson y babeante.

A partir de aquí… temple. Estoy en el límite, en el filo de la navaja. Si grito que le den por culo a todo, será un vuelta a empezar.

Si consigo sujetarme, ni manía, ni hipomanía, ni madre que lo fundó. No he perdido del todo. Yo he sido capaz de sujetarme. Es mi triunfo: ni mi psiquiatra, ni mis amigos, ni mi familia. Gano yo. Porque he luchado, me he tragado el orgullo, sigo trabajando en positivo, sigo teniendo ganas de torear esta enfermedad y he conseguido una victoria relativa. Toca pedir disculpas, recoger los trastos, tomar alguna droga más el menor tiempo posible, ser muy consciente de mi salud física y mental, contar los días que me quedan para volver a estar en la brecha, recoger los pedazos, tener la fuerza suficiente para recomponerlos cuando toque y tirar para delante. Un regate más. Hasta la próxima, trastorno bipolar. Mientras tanto, seguiré viviendo intensamente. A tu pesar.

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