Tag Archives: Experiencias para la recuperación

¿LA MEDICACIÓN ENGORDA?

18 Nov

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No me da la gana de documentarme para responder con precisión. Si alguien sabe respuestas y razones que no empiecen por : “se cree que tal hormona…”, por favor, que lo añada en Comentarios, por ahí abajo.

De modo que hablaré de mis experiencias personales y de otras que personas más o menos psiquiatrizadas han querido compartir conmigo.

La respuesta es… no sé.

Una forma de atizarle a la ansiedad es comiendo. Yo me como la ansiedad. Me la ceno, para ser más certero. Si tengo tiempo, conforme voy echando alimentos al buche voy notando que una relajación se va apoderando de mí, que voy olvidando los malos rollos del día y que me van a intentar amargar al día siguiente. La clave está en empezar pronto a zampar. Así puedo estar mucho rato cenando y que no me den las once de la noche volviendo a poner cerco a la despensa, en plan juego de mesa.

¿Esta ansiedad se debe a la medicación? No puedo ser concluyente, señoría. Mi glotonería ha sido una constante frente a tratamientos farmacológicos variables. Mi madre es testigo. Por otro lado, esos distintos tratamientos me han hecho variar mis preferencias más hacia lo dulce que hacia lo salado. ¡¿Está usted de coña?! Puede ser, señoría, puede ser. Pero a los hechos me remito.

Leña al mono, señoría. Sigamos con la argumentación. Como sabrá, llevo desde abril sin fumar. Abandonar esta adorable y estilosa adicción me ha supuesto un terrible y sorprendente síndrome de abstinencia físico que no duró más de tres días y otro psíquico que… bueno. Sobran las palabras. Ansiedad. Ceno lo que pillo. Compro de todo. Puedo estar tres horas comiendo si no se me interrumpe y sin comerme al que me interrumpe. Véase, mi hijo. ¿Sustituyo con las laminurías, dulzainas y demás chucherías al tabaco de liar? Parece que sí. En casi 7 meses llevo engordados 12 kilos.

Acusado, ¿en este periodo de tiempo se han visto modificadas sus costumbres, no sólo alimenticias? Sí padre. Perdón, sí, señoría. Aquella depresión preprimaveral, los trombos, la ausencia de actividad física -paseos a parte, en fin-, el no fumar influyó mal que le pese, actividades mucho más aeróbicas, cambios en la medicación…

Ajá. Cambios en la medicación… Que no, tío, digo señoría. Que los cambios en las drogas que he tomado pueden ser una consecuencia de lo anterior. O debiera.

¿Puedo concluir que las drogas psicotrópicas engordan? No puedo. Te dejan tirado, te generan una ansiedad que -a mí al menos- te lleva a comer. Evitan que hagas el ejercicio que equilibraba tu metabolismo. A su vez, y esto pasa con frecuencia, comprobar que engordo genera más ansiedad que me quito comiendo y, en consecuencia, engordando más. Pero en sí mismas…

Entonces, ¿en qué quedamos?

Señoría, deje de tomar lorazepam y vaya a almorzar. Y déjeme en paz a mí de paso.

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PUES NO SE TE NOTA NADA…

5 Nov

Conversando

A lo largo de nuestra vida a partir del diagnóstico, que casi lo entrecomillo, y si nos hemos dejado llevar en algunos momentos, nuestro aspecto físico cambiará. ¿Tanto? No creo que sea tan grande el cambio como para hacernos irreconocibles. Pero aquí van algunas pistas recurrentes:

aumento de peso y de volumen. En este mundo esclavo de la imagen, veremos que a las pocas semanas de comenzar el tratamiento que sea, engordaremos. Sin paliativos. Estas drogas es lo que tienen. Te hinchas y punto. A veces este efecto secundario puede dar lugar a desórdenes alimenticios, con lo cual hemos matado una mosca con un cañonazo. Lo que es innegable es que nuestro aspecto físico cambia.

ojos: legañosos y con las pupilas dilatadas y/o a medio párpado. Bueno, en esto hay grados. No es tan fácil ser contundente en las afirmaciones: entraría la mirada y no la voy a valorar.

tics. La tienes clara si ya tenías un tic anterior porque se te multiplica. Si no tenías ninguno, en fácil que te lo encuentres en unos pocos días.

temblor de manos. Frecuente. Se suele pasar cuando se supone que tendrías que dejar de tomar esa medicación.

ansioso, impaciente. Sí, te muestras ansioso ante la comida, ante el tabaco si fumas…

.

Una vez decía que es fácil reconocernos entre nosotros, que somos una especie de secta que con unas pocas señales sabemos encontrarnos.

¿Es esto bueno? ¿Facilita la vida de algún modo? Ni idea. Lo que está claro es que me revienta las pelotas que me digan “no se te nota nada” (en su momento me sorprendía más que otra cosa), como si me tuvieran que salir cuernos y rabo. O como si tuviera que estar ingresado en un psiquiátrico y verme fuera de él provocara sorpresa.

No es crueldad. Es un poco de humor irónico, sabiendo que me estoy riendo de mí mismo. Pero creo que dice mucho sobre la calidad de los fármacos que os atizamos sin decir “aquí me duele”.

2ª PARTE DE QUÉ CANSADO ES ESTO DEL TRASTORNO BIPOLAR

27 Oct

En la anterior entrada, que se llama casi como ésta, me quedé en el esbozo de lo que quería contar. Está por ahí abajo, con una foto de este tipo…

Irritado

Cuando pensaba en el título de la entrada, me refería a la fatiga que me puede suponer echar la vista atrás para evitar lo que te venga por delante. Lo de la enfermedad del ombligo, esa descripción mía de que, para manejarte por esta vida con este diagnóstico hay que andar mirándose el ombligo “duermo poco, hablo mucho, o duermo demasiado o estoy irritable…”

En la anterior entrada hablaba de lo que cansa el mero hecho de hacer memoria. De esforzarme por no distorsionar la realidad y, “a la vez, de admitir sus dudas”. Pues sí, cansa. A veces, toca pelear contra la distorsión mnemotécnica del otro interlocutor en algún episodio concreto que tengo claro, cristalino, en la cabeza.

Vamos, que este escrito ha nacido con el afán de aclarar y me temo que tampoco he conseguido lo que quería.

Creo que en el libro lo explicaba mejor: “mirar hacia delante, pero tampoco demasiado”.

Impermeable

13 Oct

Patxi Irurzun, que viene a ser el duende que periódicamente aparece en este blog, se iba a ir de viaje. De hecho, ya ha vuelto de Costa de Marfil. Bajó a buscar su impermeable y, si buscáis en su blog -no es por joderle el escrito, quiero decir- se encontró con, dos puntos, abro comillas, la fe inquebrantable en la imaginación, el anhelo de libertad, la lucha empecinada por cumplir los sueños. Cierro comillas.

Tirando de sinceridad, esto lo leí hace ya días y me dije, jodé Patxi, ya me has vuelto a dejar fuera de sitio. Fue en el bar que abre los domingos a las ocho de la mañana y sirve café a los optimistas que vamos a jugar un rato en los frontones municipales de la Rotxapea. Total, que me había quedado más con los guiños a aquellas canciones que con el mensaje que ahora rescato: fe, anhelo y lucha.

No. No sólo eso. Fe inquebrantable en la imaginación. Anhelo de libertad. Lucha empecinada por cumplir los sueños. Uf.

¿Esto es un impermeable? Si peinas tantas canas como Patxi, o eres un artista, o eres un iluso, o eres un romántico, o todo a la vez, o te dejan escribir en el centro de día un ratico (Saludos, Gure ahotsa!).

Quiero pensar que también puede ser el tipo que entra a comprarme pilas a la tienda, o el camarero que pone cafés un domingo a las ocho de la mañana. O tal vez aquella profesora que tuve en el instituto y a la que ahora veo por el barrio. Lo mismo puede ser aquel que sacó la ingeniería y ahora está de celador en el hospital cubriendo bajas.

Ay, Patxi. Cuántos cuentos por contar. Cuántas conciencias por remover. Cuántas patadas en el culo por dar, de las tuyas, de las de negro sobre LCD… Con lo que yo sé que te gusta el mundo de los locos, que tantas veces nos has sacado en tus novelas y cuentos. Lo siento. Esta vez me has lobotomizado de tal manera con la fe, el anhelo y la lucha que seguimos sin negociar el más negro cuento de la unidad de agudos del Hospital de Navarra.

Patxi intenta un chelfi en Costa de Marfil

Tanta coña, tanta coña y al final lo que se me olvida contar son las reflexiones que este escrito tuyo -Patxi es el de la foto de aquí arriba- me han provocado.

Que son viejas de lustros, en realidad, y que se refieren a que una atroz forma de discriminación que, a temporadas, padecemos quienes tenemos un diagnóstico y, a temporadas también, claudicamos y tomamos más medicamentos (¿has visto, ama, que no he puesto drogas?)… me alargo, me alargo. Vamos, que nos hacen la puñeta cuando admitimos tal droga “para un par de semanas”, y nos tiramos una llegando a la dosis, cuatro tomándola y tragando efectos secundarios, y luego dos semanas más quitándola, porque si no, monazo digo síndrome de abstinencia que te crío…

¿Esa droga protege cual impermeable? Me estoy refiriendo a ésa que te tomas en amago de crisis o llámalo como quieras, pero que todavía no te has subido por las paredes ni estás hundido en el fango, y para firmar un informe que diga que hay patología aguda hay que tener más conchas que una tortuga. De esa medicación hablo. Antiepilépticos. Antisicóticos. Antidisturbios. No, esta última no. Pero casi.

Ya. Si la teoría me la sé. Y la práctica también, coño, si he empezado escribiendo que son reflexiones viejas de lustros. Un ejemplo, que a veces viene bien. Me duele la cabeza, bastante. Tengo la oportunidad de acostarme y creo que me dormiré ¿Me tomo una aspirina o espero a la mañana siguiente, a ver si me sigue doliendo?

No sé si el ejemplo vale porque aquí la decisión es personal, no hay ingresos, ni órdenes judiciales, ni conceptos como adherencia al tratamiento que… en fin. Pienso que sirve para hacernos una idea.

Porque a veces el cuerpo es sabio. Reconoce síntomas y recuerda experiencias. Me gustaría que el sujeto, ése que es capaz de reconocer sus síntomas ya vividos y recordar experiencias pasadas, fuera escuchado y que su voluntad, en la medida de lo posible y sin demasiadas condiciones, fuera lo más respetada posible.

El argumento del gasto social ante un posible y futuro ingreso no me lo saquéis, por favor, que estoy cansado de recordar que tuve un médico que se murió de neumonía sin haber cumplido los cincuenta…

Ya. Que ahora, si queréis, hablamos de la fe inquebrantable en la imaginación, del anhelo de libertad y de la lucha empecinada por cumplir los sueños. Y a ver quién aguanta más la risa.

 

Me gustaría que recibiera un impermeable de los buenos todo aquel hospitalizado por orden judicial y todo aquel que esté llevando un tratamiento ambulatorio obligatorio.

Gracias a Patxi Irurzun por dejarme… por no… Gracias, Patxi.

UNA PETICIÓN SUGERENTE: “¿Qué se siente cuando un bajón empieza a remitir?”

26 Ago

“Muy buenas, caballero. ¿Puedo hacer una petición? Siempre me he preguntado cómo es el momento o la experiencia de cuando sientes que un periodo de bajón empieza a remitir. ¿Podrías explicar cómo lo vives tú? Si te apetece. ¿Es de repente, poco a poco? ¿Tienes que “hacer fuerza”? Muchísimas gracias, te invito a una Pepsi.”

 

Estas palabras son de un mensaje recibido en la página facebook del libro, Tengo trastorno bipolar. Conozco personalmente a la persona que las firma. No, tampoco tomo Pepsi ni ningún otro refresco de cola.

Voy por partes. Por preguntas. A la primera, la respuesta es sí. De hecho, te voy a intentar responder temiendo decepcionarte.

La segunda es indirecta: “…cuando sientes que un momento de bajón empieza a remitir.” Luego me pides que lo explique. Esto me es está suponiendo un ejercicio más doloroso de lo que pensaba. No consigo recordar como una meta el final de una melancolía de las jodidas, con diagnóstico o sin él. La vida, el día siguiente, sigue retándome, poniéndome trabas, sugiriéndome. Tengo una clara excepción, y quizás por eso la cuento en el libro, tras decidir que ya estaba bien de estudiar oposiciones y me tocaba currar, ser productivo y hacer vida laboral y social. Ahí sí recuerdo una fecha, un domingo de primavera, un paseo con mi madre, un rato sentados viendo mecerse al cereal… Siento fastidiarte el espíritu de la pregunta porque sólo me ha pasado una vez y no es significativo para nada.

Supongo que te estoy contando que el puto cliché de esta enfermedad es más falso que un duro de hojalata. Es como si yo te preguntara ¿qué sientes cuando sales de un catarro? o bien ¿te dejas de enamorar poco a poco? Vamos, que cada bajón, cada comer mierda no se suele parecer mucho a los anteriores. Ni por el momento en que te pilla, ni por el tipo de causa, ni… En mi caso, como en el de todo el mundo, creo, si fuera siempre igual lo vería como un chollo. Pongo el ejemplo del golpe en la cabeza. Llevamos dándonos golpes en la cabeza desde que tenemos uso de razón. Las variantes, en golpes moderados, no son grandes: vemos las estrellas, un chichón, a lo mejor una brecha y un poco de sangre… Vuelvo al momento del impacto, a cuando vemos las estrellas, a cuando nos llevamos las manos a la cabeza o lo que que cada uno de nosotros hagamos. Siendo el golpe moderado, sabemos que de ese golpe también salimos con vida, por más dramáticos que seamos.

La conclusión del argumento es que sería un chollo que una depresión clínica fuera como un golpe moderado en la cabeza desde el punto de vista de que el origen, la evolución, el posible duelo y la recuperación fueran bastante parecidos. Oh. Qué pena. En fin, no creo haber decepcionado a nadie.

Por otro lado, sí hay grandes rasgos en los que a mí me resulta muy útil encontrar analogías, asumiendo que cada depre es de un padre y de una madre. Veamos. En mi caso, no me pienso suicidar. Luego una depresión, si no me pongo radical en cuanto a la -ausencia de- alimentación, no va a ser mortal. Aunque bueno, esto admite otra excepción que la pienso seguir repitiendo. El exceso de inactividad, el estar totalmente tirado, postrado, en modo seta, puede provocar trombosis. Igual que cuando te operan de lo que sea y vas a estar en cama.

...te mueves menos que los ojos de Espinete

…te mueves menos que los ojos de Espinete.

En mi caso, esta primavera se me formaron dos TVP, trombos de vena profunda en la pierna izquierda. Si alguno de ellos se hubiera desplazado, unido a mi sobrepeso y a que fumaba, me hubiera podido provocar una embolia pulmonar y los que leéis este blog os hubierais quedado sin autor.

Cierro paréntesis. Vamos, que de una depresión, salvo excepciones, se sale siempre. Más gordo, más flaco, con peor color, con más canas, con peor olor corporal, pero se sale a pesar de lo que se ha venido creyendo en las semanas precedentes. Esto es muy importante y a mí me resulta muy útil durante la fase de bajón. “Saldré de ésta como salí de las demás…”. ¿Mantra, se llama, eso de repetirlo muchas veces?

Cómo lo vivo yo. Salvo excepciones, mis tristezas tienen un punto masoquista de placidez. Si alguien no lo entiende, que yo me he explicado como un libro abierto, faltaría más, por favor que me lo haga saber en un comentario. Gracias.

Otro apunte y me remito de nuevo al libro en cuanto a plazos y nivel de bajonazo. Sigo creyendo que me tengo que dar un cierto tiempo (“dejar que pase la marea y me arrastre”). Me parece que es el momento de buscar, casi intuir, las causas, a santo de qué viene esto ahora, qué tengo por delante… para, en un momento dado y apoyado en las circunstancias, intentar bracear hacia la orilla, con la esperanza de que la resaca haya pasado y de que mis fuerzas sean suficientes. ¿Tiene esto algo de científico? No. El tratamiento de mis trombos tampoco mucho, la verdad. De modo que si soy capaz de verme capaz (¿has visto?) de darme la vuelta, evaluando mis capacidades desde un prisma bastante negativo, para qué engañarme, y a pesar de eso tengo la energía para intentar volver a la playa… Tío, ejercicio superado. Así que muchas veces la salida del agujero quiero que sea algo activo, dinámico, que requiera un esfuerzo donde yo sea capaz de encontrar el premio.

En caso de alcanzar la orilla no hay fuegos artificiales. Como ya he reivindicado aquí, la victoria es propia, íntima, sólo de uno mismo y de nadie más. Del mismo modo que el que ha estado comiendo mierda a paladas ha sido uno mismo y nadie ha pedido una ración para paladear, no vaya a estar buena.

Mi sensación es que vuelvo a darme cuenta de que estoy en pelotas, de que por nada del mundo me apetece otro baño, así que habrá que agarrarse a esas circunstancias que hace poco vimos como propicias y echarle todas las agallas que quedan. Porque tienen que quedar. Porque sé que quedan. Porque sólo tengo que buscarlas.

Las anteriores veces fui capaz ¿Por qué ésta no?

 

Notas. Una vez más, desde las tripas, con un episodio reciente y con las vivencias muy próximas en el tiempo y en las cicatrices de mi piel.

No he sido capaz de meter en el texto la idea de la gran ventaja que tenemos los que, como yo, tenemos esta tendencia a la melancolía, a la tristeza. Pobres asintomáticos, pobres de los que no habéis pasado unas cuantas veces por estos páramos: tenéis muchos menos recursos que nosotros para salir de ahí y llegar al vergel donde todo tiene color y el sabor de la boca de uno mismo no intoxica.

Ricardo: gracias y vete a la mierda.

 

 

 

Maternidad y Trastorno Bipolar: mi experiencia personal

14 Ago

Una vez más, robo contenido al Blog de ActivaMent.

Maternidad y Trastorno Bipolar: mi experiencia personal.

SOLEDAD, TRISTEZA Y DESCOJONO

27 Jul

Cada vez leo más que, por delante y por encima de todo todo diagnóstico, es la soledad la causante de mayor dolor en personas que arrastran un diagnóstico de enfermedad mental. Soledad como causa del estigma y del autoestigma. También provocada por viejos complejos asociados, de nuevo, a síntomas. La incomprensión de quienes más importan pueden llevar a agudizar esa dolorosa sensación de soledad. Y me refiero a ese aislamiento involuntario y no deseado. “Solo rodeado de gente.”

Así pues, me sumo a quienes opinan que la mera soledad puede ocasionar más dolor que las consecuencias de unos síntomas, un diagnóstico o una enfermedad por sí mismos.

Siguiendo con este cascabelero texto, la tristeza… ¿o debería hablar de la melancolía siguiendo las enseñanzas de La Revolución Delirante? puede tener diversas causas. Una de ellas, cómo no, sería la soledad. Pero existen otras muchas. Por causas propias, ajenas. De comprensible explicación. O no. Como parte de un proceso de duelo…

Marea en el Kutxitril, creo

“Prima tristeza”, de Marea

Muchas veces me he referido a mis depresiones como “mis tristezas”. No sé si como un eufemismo, o porque no siempre he tenido claro que alcanzaran el concepto clínico de tales supongo que por duración y esas mandangas. A los que también me suelo referir recurrentemente como “comer mierda”. Aquí me detendría a debatir sobre si hace falta sufrir determinados síntomas durante dos meses para que se considere depresión. Digo yo que se puede sufrir más en un fin de semana que en un mal año. Pero como lo considero harina de otro costal y quería ser breve, lo dejo aparcado para otra vez o para los comentarios o para todo lo contrario.

Como muchos de vosotros, lectores, yo tampoco considero que haya venido a vivir a un valle de lágrimas. Por otro lado, el llegar a ser un hedonista de manual huajoloteño me queda lejos. Asumí tiempo ha que, en lo que a mis momentos vitales se refiere, el objetivo es moverme entre esas dos aguas. Procurando aprovechar los sabrosos y minimizar en tiempo e intensidad los amargos. Como todos, digo yo.

No me cuesta reconocer que he tendido a regodearme en el mullido colchón de la autocomplacencia y el mamoneo, ahí tirado sobre la hamaca arrulladora de la desidia y el abandono. Además, ser tendente también a la euforia, me ha resultado costoso no dejarme llevar por la alegría desbordante que se puede sentir al comprobar que todo sale de forma y manera óptima, hasta el punto de creer que es así como siempre me debieran salir las cosas.

Me acerco inexorablemente a los cuarenta años. Sigo sin saber relativizar estas historias con que la vida se empeña en entretenerme, la muy cachonda. He utilizado en repetidas ocasiones (ver artículo para ActivaMent) el afectado argumento de que la experiencia me hace más perro y más sabio, y cosas por el estilo. Bien. A día de hoy creo que, si sigo tan capaz de sorprenderme a mí mismo repitiendo errores e incluso mejorándolos, esto es, cagándola aún más, he perdido mucha fuerza moral como para poder usar dichos argumentos -que se resumen en que pa huevos, los míos- sin dejarme en el más absoluto de los ridículos. Claro está, hasta que no rellene el cargador a base de tiempo y pueda dogmatizar (de nuevo) sobre la esperanza y la experiencia que da el fracaso.

Lo mismo para entonces publico otro libro.

Elena Figoli para ActivaMent

Elena Figoli para ActivaMent

Deprimido en San Fermín. Sobre mojado.

1 Jul

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Hace justo un año publiqué una entrada, Deprimido en San Fermín, en la que intentaba abogar por el respeto hacia los estados de ánimo de los demás. También intentaba reflexionar sobre la aceptada conveniencia de estar alegre cuando todo el mundo lo está a tu alrededor. Es ésta que sigue, un poco abreviada:

“Una de las cosas que más me revienta es la exigencia de tener que tener un estado de ánimo acorde con las circunstancias y los eventos.

Así como estar de subidón el día de todos los santos, por ejemplo, es pecado para muchos y está mal visto para casi todo el resto, si hay un momento en mi ciudad en el que estar feliz y contento es norma obligatoria es el 6 de julio y los días que le siguen. Las fiestas de San Fermín.

He de decir que para mí es, con mucha diferencia, el mejor día del año. Esta ciudad conservadora y pazguata se transforma en un todo vale. Sin reloj, sin hambre y con una sed infinita de casi todo. Los que han venido de fuera, contagian a los de aquí (o al revés) las ganas de divertirse a todo trapo no importa dónde y no importa -demasiado- con quién. Los pamploneses hemos ido contando los días, hasta las horas, para que llegue el momento de quitarnos la caspa y disfrutar.

German (tiroa burun)

Germán Rodríguez. Sanfermines 78

Un 6 de julio, ya de noche (…) la agresividad y la ira se habían apoderado de mí. Otra vez. De que estaba a punto de perder una partida que hacía no mucho que acababa de empezar.

Me fui a casa. Me tiré todas las fiestas, hasta el día 13, con una sola ducha mediante, en casa. Durmiendo. Leyendo. Viendo la tele. Todo a deshoras.

Triste. Dolorido. Procurando evitarme a mí mismo sin conseguirlo. Ansioso. Esclavo de mi ira y de mi decepción.

Cuando volví a salir a la calle, esa tarde del día 13, me di cuenta de que podía no haber desaprovechado tantos días de jarana.

O sí. No lo sé. Ha pasado mucho tiempo. El hecho de sentir aquel dolor no me preparó, no fue un ejercicio constructivo, no me aportó un aprendizaje que años más tarde tuve la ocasión de poner en práctica.

Me gustaría ser capaz de respetar a los que no tienen el cuerpo para farolillos cuando se supone que hay que tenerlo. También quisiera ser capaz de admirar a los que no claudican con los estados de ánimo dominadores y dominantes.

Lo que más me gustaría, para qué me voy a engañar, es que me respetaran por lamerme las heridas cuando me parece oportuno a mí, no a ellos.”

Este 2015 soy todavía más escéptico que el año pasado.

Pero también sigo creyendo en la fuerza del contagio. Del fenómeno que se produce cuando casi todo va bien para casi todo el mundo. ¿Que sea un efecto balsámico de corta duración? Vale, que nos quiten lo bailao. Al menos durante esas horas o días la angustia remite.

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Ya falta menos.SF2

 

TERTULIA EN RNE RÀDIO 4

21 May

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Esta mañana he participado en una tertulia en esta cadena: la lucha contra la estigmatización de los trastornos mentales.

Con Raúl Velasco, y con Alex y Miguel de Obertament, he estado telefónicamente en una silla y ante un micro en los estudios de Barcelona de Radio Nacional de España.

Podéis descargar el audio en este enlace. En la tercera hora del 21 de mayo, El matí a Rádio 4, con el botón derecho pincháis sobre la flecha que va hacia abajo. Da la opción de guardar enlace como, y guardáis donde queráis el archivo. A partir del minuto 13.

Hemos soltado educadamente nuestras opiniones. Eso está muy bien. Es ejemplar, diría incluso.

Las opiniones de Raúl me parecen muy recomendables, rompedor como suele. Dignas de ser escuchadas.

Y me siento orgulloso de haber intentado emular a Fernando Arrabal y su Mineralismo pero utilizando la palabra biologicismo. Que tiene tela la cosa…

Durante media hora libros en primera persona, historia de la psiquiatría, sufrimiento y soledad, algunas risas, la actitud de los profesionales de la salud mental hacia el paciente y su evolución, el diagnóstico…

Desde aquí quiero mandar un saludo a Raúl Velasco. Nuestra relación ha traspasado las referencias de terceras personas y de aquella conversación telefónica para dar un paso más. Hoy, tertulia radiofónica, yo en Pamplona-Iruña, él en Barcelona ¿Cuándo y dónde será nuestro encuentro?

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EVITAR UNA DEPRESIÓN. TRASTORNO BIPOLAR.

29 Mar

Escribo en el libro:

Alguna vez he pensado que es como estar en el mar, asociado a esa fuerza superior que para mí es el mar.

Por ejemplo, cuando me vengo abajo -ojo, son mis depresiones, mías, particulares, como el patio de mi casa-, he aprendido que más vale dejarse llevar un tiempo, como cuando te atrapa la resaca en la playa, como una potente corriente que te lleva mar adentro. Mi trabajo consiste en detectar cuándo estoy lo suficientemente lejos de la orilla y cuándo me siento lo suficientemente lejos como para empezar a nadar de vuelta, evitando esa mala corriente. No tiene que ser ni muy pronto ni demasiado tarde.”

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No me aburro de leer guías sobre cómo tratar a alguien que está deprimido, escritas con la mejor intención. ¡No todos somos iguales! Si quieren ser genéricas, no aciertan; si quieren atinar mucho, corren el riesgo de ser poco útiles. Quiero pensar que todos somos diferentes. Por eso mi espíritu crítico se dispara.

Catalogan las depresiones según variados criterios y lo que te rondaré, morena. En consecuencia, se pueden aplicar innumerables tratamientos según la corriente que siga el terapeuta. Tranquilos que en este jardín no me voy a meter.

También están entre mis lecturas, y de ahí el título de esta entrada, artículos y libros que hablan de “Higiene”. Higiene preventiva, se entiende, para evitar caer en un trastorno depresivo. Dar paseos. No tomar excitantes para mantener unas buenas rutinas de sueño (por lo de la irritabilidad como síntoma recurrente supongo que también…). Frutas y verduras. Sol. Música. En fin.

Sigo creyendo firmemente en que

-a cada uno nos sirven unos sistemas preventivos determinados (no me fastidies, a mí no se me atenúa la frustración paseando media hora tres veces a la semana),

-que es la experiencia la que nos dicta la validez de los mismos dependiendo del momento o de la edad o de la causa o de la severidad del asunto y

-que es algo que construimos todos los días.

Ante la primera depresión, indefensión por el tortazo. Hay que asumirlo. A partir de ese momento, toca tejer un arsenal de herramientas que prevengan. También, si a pesar de todo, estás sumido en la mierda hasta el cuello, debe tener el objeto de minimizar el sufrimiento.

Personalmente, me sigo aferrando a la metáfora del mar a la que hago referencia en el libro: si estoy deprimido, he de ser capaz de hacerlo con los ojos abiertos, ahorrando fuerzas, para saber cuándo me toca empezar a nadar hacia la orilla. Al menos, intentarlo.

Esto me sirve a mí. ¿A ti? Ojalá, lector, no tengas ni puñetera idea de lo que te hablo.

PS Podemos hablar de las depresiones que siguen en el tiempo a una fase hipomaníaca o maníaca. O dejad algún comentario y tiramos por ahí, yo qué sé…

BARRABASADA

18 Mar

1. f . coloq. Acción esencialmente loca que un sujeto comete estando sometido a síntomas de una perturbación mental.

Esta definición que me acabo de sacar de la manga -larga, que todavía hace fresco por aquí- admite matices. Me pongo a ello porque es un término que uso con frecuencia y que no siempre ha quedado claro.

Chaladura podría ser el sinónimo más aproximado. Locura le da un tono más grave, menos festivo. Aunque quizás podría valer también, por qué no.

En general, es un acto incomprendido y fuera de lugar. Sorprendente y desconcertante. Muchas veces no acarrea consecuencias porque no deja de ser una salida de tiesto gamberra. Cuando se dan ciertas circunstancias, como por ejemplo que haya espectadores y/o sufridores que hayan padecido con anterioridad otra barrabasada; o bien que se cometan varias con poca diferencia en el tiempo; o tal vez que, como testigos o como blanco de dicha acción haya… “autoridad”… la acción atropellada puede tener consecuencias algo más serias. Es que hay gente que no tiene sentido del humor.

Fotograma de Birdman

Fotograma de Birdman

Lo cierto es que mis barrabasadas no han solido tener mucha gracia. Para los demás. Han cobrado tintes dramáticos cuando, a día de hoy, estoy convencido de que quitándoles importancia y tomándolas como algo más ligero, mucha menos sangre hubiera llegado al río.

Aquí podría ponerme a disertar sobre el miedo que pudieron provocar desde el punto de vista de que fueron síntomas que no se trataron más que dentro del marco de un diagnóstico. Miedo provocado por las experiencias previas de que la suma de síntomas provoca o agrava un brote.

Hala, majos. No quiero frivolizar más sobre este tema. Las barrabasadas son, han sido, manifestaciones que parten de mi forma crítica y algo gamberra de ver la vida. Si soy, como algunos dicen, “expansivo” y “enérgico”, no esperen que cuando se me vaya la pinza me dé por hacer punto de cruz.

 

“El trastorno mental en 1ª persona. Hablando desde la experiencia”

3 Dic

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ActivaMent es un colectivo catalán creado, gestionado y dirigido por personas diagnosticadas de un trastorno mental. En su sede de Barcelona presentamos “Tengo trastorno bipolar”, allá por mayo.

Ya por entonces gestaban un proyecto ambicioso y complicado. Un reto. Un desafío. Conseguir publicar una serie de libros electrónicos. Ahora, Editorial Miret pone a la venta el primero.

Aquí podéis acceder a toda la información de la mano de @ActivaMent y haceros con un el libro por sólo 3 €. Yo ya lo he preguntado: no, no se puede envolver para regalo. Y sí, la mejor dedicatoria es poneros en contacto con ellos. Mónica y Hernán estarán encantados de atenderos.

Sería éste un buen espacio para volver a disertar sobre la fuerza del mensaje cuando el que lo cuenta lo hace en primera persona. No procede: pasen y lean.

Nota: ¿No tienes lector de e-Books? No importa. El libro está publicado en formato e-PUB y puede ser leído desde cualquier dispositivo digital: ordenador, tablet, smartphone, etc. Te descargas gratis aquí el Adobe Digital Editions y a disfrutar desde donde quieras.

“¿Y QUIÉN NO?”. VÍDEO Y AYUDA DEL IGUAL

22 Oct

Ay, quién maneja mi barca, quién

Ayer se llenó el salón de actos de Civicán. Nos juntamos casi 250 personas para hablar del Proyecto “¿Y quién no?” relacionado con el estigma y la enfermedad mental.

En este enlace podéis ver el vídeo que se proyectó y que también vieron los 576 alumnos de 3º de la ESO con los que se trabajó durante el proyecto.

Por otro lado, me gustaría remarcar la idea de la figura del Peer Support – Ayuda del igual. Funciona. Es útil. Suma. Es una herramienta muy fuerte con unas potencialidades enormes.

Voy a robar a Cristina García Aguayo, mi ayer compañera, de su blog “Estoy como una maraca”, la explicación que da de la Ayuda del Igual.

Me despido agradeciendo a Cristina y a Lorena de Simón la oportunidad de haber trabajar con ellas. Hoy tengo la sensación de que nos quedan muchos debates pendientes. También discusiones. Y risas, y nervios y…

A Gaizka y a Eva

 

 

LA RECETA SIN PAPEL

9 Oct

KISS ALLEN

Hoy tampoco es el Día Mundial de la Salud Mental. Esta noche publico una entrada que es un relato de ésos que parten de una idea (toma, claro) y de un sentimiento. Que cada cual saque sus conclusiones y ojalá cada cual luche contra el estigma de las narices como quiera. O pueda.

  • “Enamórate.

—¿Cómo dices?

—Ya me has oído. Que te enamores.

—¿Ésa es la solución que me propones? ¿Que me enamore?

—Yo no creo que sea una solución porque estamos de acuerdo en que no hay problema. Tómalo como un consejo, si quieres.

—No lo entiendo. Ya hemos hablado de esto otras veces. Precisamente por eso, porque las veces que me he quedado pillada por un tío se me vuelve el mundo del revés, no doy pie con bolo. Por no hablar de las experiencias pasadas, que si quieres te las recuerdo…

—Sí, por qué no. Hablemos del pasado si es lo que quieres. De todo lo que has sufrido por culpa de los hombres, de los que te correspondieron y de los que no. También de los que ni siquiera se enteraron de que bebías los vientos por ellos. Vamos a echar la vista atrás, si es lo que te apetece.

—Me estás provocando.

–Es posible. En realidad, lo que pretendo es explicarme. Ya, ya sé que estoy un poco agresiva, pero es que no me ha gustado tu reacción.

—Mi última aventura con aquel chico, lo recuerdas perfectamente, terminó con mi intento de quitarme de en medio y con el ingreso más largo de mi vida.

—Han pasado cinco años.

—Precisamente. Sólo cinco años.

—Quiero decir que has vivido muchas cosas en muchos aspectos de tu vida. Encontraste un trabajo que mantienes, se te murió tu tía y lo llevaste de maravilla, recuperaste la relación con  tu hermano y eso que la dabas por perdida ¿Sigo? De acuerdo. Muchos de esos miedos de pacotilla los has ido venciendo. Has crecido una barbaridad. Tienes 35 años. Va siendo hora de que te vayas quitando la armadura.

—De acuerdo. Te voy a escuchar porque creo que me hablas con toda tu buena intención. Cambio de actitud. Veamos. Si durante estos últimos años las dos hemos llegado a la conclusión de que había que evitar situaciones de riesgo, historias que me desequilibran; si la experiencia nos dice, y eso no lo niegas, que el amor me ha traído siempre disgustos; si ahora estoy bien como estoy, ¿por qué jugármela?

—¿Y por qué no?

—No me líes, no me líes. Pero mira. Precisamente he leído hace poco un libro sobre el amor y la pareja y no sé qué más. Bastante aburrido. No me lo pude acabar, la verdad. Pero al principio hablaba de que enamorarse era alienante. Por resumir. Citaba a grandes autores, como Ortega y Gasset, Freud y demás. Decía que estar enamorado era un estado cercano a la locura, en el que no se ven los defectos del otro y si se ven, se disculpan. También decía que, en ningún caso, hay que casarse enamorado por esas razones y por otras que no recuerdo. Me estás aconsejando que me enamore, que se me vaya la cabeza por alquien al que casi no conozco.

—Vaya, me hablas como si estuvieras pensando en alguien en concreto…

—Pues sí, mira tú por dónde. Una no es de piedra aunque lo intente.

—Lo que te quiero decir es que ahora puede ser el momento para saltar sin red, para vivir una experiencia. Las dos estamos de acuerdo en que el amor es muy importante. Lo has evitado, has huido de las oportunidades que te han surgido estos últimos años por no sufrir. Ahora, y es mi opinión, tú decides, creo que estás preparada para… ¿cómo has dicho? Enloquecer por amor.

—Ya.

—Todas esas historias que has sacado de ese libro pueden ser muy interesantes. Yo te voy a contar otras que parece que has olvidado. Aunque no lo creo. Enamorarse es darse por completo al otro. Es olvidarse de uno mismo porque el centro de atención es el amado. Es estar dispuesto a darlo todo por esa persona y entregarse con toda la intensidad con la que una es capaz de hacerlo. Hay millones de libros que hablan de amor, y canciones, y esculturas y pinturas.

—Es dolor. Es riesgo a no ser correspondida. Es el miedo al rechazo y el miedo de todos los miedos: el miedo a uno misma, a mi incapacidad para no poder aceptar su rechazo o no estar a la altura. También es soñar con la otra persona, que sea mi primer pensamiento cada mañana al despertarme. Es sentirme capaz de ser más generosa que nunca. Si soy correspondida, es tocar el cielo con las yemas de los dedos, el placer no sólo físico, algo casi mágico, es sentirse más viva que nunca… Es la bomba, ya lo sé, no lo olvido, no quiero olvidarlo.

—Vaya.

—¿Qué, qué pasa?

—Tú estás pillada. Me lo puedes contar. Si quieres.

—Pues mira, sí, te lo voy a contar. Y te voy a contar lo que voy a hacer después.

—Pero… Pero… ¡es una noticia estupenda!

—¿Te parece? No lo he podido evitar. He ido viendo a esa persona regularmente desde hace unos años. Sé que es una historia imposible si no cambian las cosas. Que es lo que voy a hacer justo ahora. Cuando me levante de aquí, voy a solicitar que me cambien de psiquiatra. No creo que me pregunten nada. Si lo hacen les diré que es por motivos personales. No les diré que me despierto todas las mañanas pensando en ti, que no sé casi nada de tu vida pero que me apetece mucho aprender a amarte. De modo que el consejo que me dabas no ha hecho más que desencadenar algo que me oprimía. Que es un sentimiento y un afecto que me he guardado en silencio y que no tiene nada de dramático. Porque es hermoso.

Te espero a las tres en ese bar que me has recomendado para comer con buena compañía.”

LAS IRAS DE LA MALA UVA

10 Sep

templo ira xto

 

No es la primera vez que abordo el tema de la ira en este blog. El asunto es tan serio que rindo homenaje al gran Ibáñez, con el que he crecido, en la viñeta de arriba.

En el libro trato las consecuencias que he padecido por perder los estribos. Casi siempre, intentando explicar lo que acarrearon y lo que yo pude sacar en limpio.

No me recreo en la descripción detallada de ninguno de mis iracundos episodios. Relato hechos, consecuencias, aprendizajes y evoluciones. Desde luego, no están todos los que son. Mi la memoria es frágil y me puede el pudor.

En aquella entrada que escribí el 28 de agosto del año pasado me río abiertamente de conceptos como el control de la ira y su inutilidad -bajo mi punto de vista- cuando el caballo se ha desbocado ya. Apenas hablo de la canalización de esa mala leche.

No puedo saber si mañana me voy a poner de mala leche. Puedo discutir en mi trabajo. Puedo reñir con mi pareja. Puedo torcerme conmigo mismo y no aguantarme ni baño de sales mediante. Sé que no disfruto estando amargado, ni viviendo con el ceño fruncido. Prefiero sonreír y esas cosas.

Supongo que en ciertas ocasiones soy víctima de mi carácter. Hasta de mis principios, si queréis. También tengo que reconocer que, una vez pasada esa mala leche, hay veces en las que me siento bien. Porque a pesar de que muchas de esas actitudes puedan ser confundidas con síntomas del diagnóstico, he conseguido sentar mis reales y estoy dispuesto a asumir las consecuencias.

Noto la boca muy seca y pastosa. Me apetece fumar con urgencia. Me palpitan las sienes y se me mete un clavo en la sien izquierda. Intento escuchar al otro interlocutor, pero sé que lo estoy haciendo para buscar resquicios y dar una respuesta contundente. Siento que se me ha subido la sangre a la cabeza y que mi corazón palpita más rápido.

¿Qué intento? Hablar más despacio que en la frase anterior. Dejar de mirar el fondo de los ojos de la persona que me está sacando de quicio, o que lo está intentando. Sujetarme las manos, la una con la otra, para no hacer aspaviento ni atizar un puñetazo a la superficie plana -o no- más próxima.

Si estoy en mi sitio, ese equilibrado objetivo onírico e idealizado, procuro posponer la discusión. Hablar de lo importante que es el tema desencadenante para quitarle urgencia y aplazarlo, ganando tiempo y posponiendo el momento de riesgo.

Dentro de quince días se cumplirán tres años que no le levanto la mano a nadie. Y de que no la bajo. Mi historial hasta ese momento me sitúa en una posición que me impide dar lecciones a nadie. Simplemente estoy compartiendo cómo vivo esos ataques de ira, hijos de mi frustración y sobrinos de mi forma de ser.

Me provoca dolor con demasiada frecuencia dejarme arrastrar por el enfado superlativo.

Avispados lectores, efectivamente no he diferenciado entre mis malas uvas cuando estoy disparado hacia arriba (estado maníaco o hipomaníaco) de mis malas uvas cuando las padezco eutímico, esto es, estable.

Eso lo desgrano en el libro ¿o sólo lo esbozo? y da para otra entrada…

 

 

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