Tag Archives: Enfermedad mental

QUÉ CANSADO ES ESTO DEL TRASTORNO BIPOLAR

26 Oct

Irritado

Me ha dado por pensar en los distintos sentimientos que he vivido a lo largo de un episodio, sea depresión o manía o hipomanía. Me he encontrado con los problemas de que

-no los recuerdo todos los episodios

-y de que no recuerdo todo lo que sentí en cada uno de ellos.

Esto debe ser frecuente, por lo visto. Muchas veces tienes la percepción tan distorsionada que el recuerdo se aleja de la realidad más todavía. Amnésicos prescritos a parte.

Cotejándolo con otras personas que fueron testigos de los brotes que he intentado recordar, la verdad es una utopía que sólo llega a alcanzar coincidencias: lo que a mí me pareció gracioso a estas personas les pareció un drama. Y viceversa. De lo que se deduce que yo tengo que empezar a trabajármelo con un lastre añadido que viene a ser la duda de si realmente fue así como ocurrieron los hechos, si fue así como íntimamente gestioné la crisis y si fue así… Si realmente fue una crisis.

Porque rizando el rizo, y poniéndonos de enemigo, incluso podría negar esos episodios como avisos de un brote propiamente dichos. Por el motivo que sea. Qué sé yo, estoy irritable hasta el insulto pero duermo como un bebé de los que duermen bien. Por ejemplo.

Todo el entorno padece mi irritabilidad como parte de una patología -esto es, yo no puedo estar irritable sin más, es parte de mi enfermedad que me subyuga- y la manera más efectiva de poner fin es hacer de Pepito Grillo del psiquiatra y evitar la cuarta hospitalización

“Comunican hasta las piedras”. Robo esta frase a Cristina Ochoa y entono el mea culpa. Estoy haciendo algo mal cuando quienes se arriman porque me quieren no son capaces de establecer un diálogo conmigo. Un diálogo que, por supuesto, no voy a tener con un profesional de la salud mental. Porque no me quiere, porque no es su objetivo y porque está saturado de trabajo.

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DISCRIMINACIÓN POSITIVA Y SALUD MENTAL

9 Abr

Butch Cassidy and the Sundance Kid

—Al menos estaremos de acuerdo en que la discriminación relacionada con la salud mental es más sutil que hace veinte años…

—Sí, estoy de acuerdo. Pero eso no quita para que la discriminación positiva sea la panacea. Ni la solución a todos los problemas.

—Yo no digo eso. Lo que digo es que es legítimo que se proteja socialmente a quienes, históricamente, lo han tenido más difícil para acceder a un trabajo y mantenerlo. Por ejemplo. Bueno, y en consecuencia con el acceso a una vivienda. Y…

—Ya, ya. No todos los que acreditan una discapacidad tienen la misma capacidad para trabajar en determinados puestos. Te quiero decir que si tienes una minusvalía psíquica, puedes no estar preparado para llevar a cabo con eficiencia ciertas actividades durante un plazo de tiempo indefinido.

—Puede ser. Lo que me quieres decir es que por el mero hecho de pasar un tribunal y aprobar una oposición puedes no ser válido. No sé si sabes que luego, en la administración, se te hace una evaluación previa. Pero bueno. Admito lo que dices: está el tema de las bajas. A eso te refieres con lo de “un plazo de tiempo indefinido”, ¿verdad? Si te paras a pensar, la inserción laboral favorece el empoderamiento con mucha frecuencia. Una persona con un diagnóstico accede a unos horarios y a unas regularidades que le vienen de cine. Supón, además, que su vida laboral haya sido un peregrinaje de empresas en empresas, asumiendo despidos con la duda, o no, de que hayan sido debidos a su enfermedad. Si está trabajando para la administración, con una seguridad, su rendimiento puede ser tan alto como el de cualquiera.

—Coge aire y escucha un poco, anda. El otro día, al hilo de esto de la discriminación positiva, te contaba que los compañeros de trabajo pueden sentir cierto malestar ante esa persona que ha obtenido su plaza en condiciones ventajosas porque así lo dice la ley.

—Es posible. No todo el mundo tiene que conocer las circunstancias de las personas con una discapacidad de este tipo. No tiene siquiera que entender esa ley.  Si con el tiempo se demuestra que es buen trabajador y buen compañero, creo que esa segregación de la que me hablas se tiene que disolver como un azucarillo en el agua.

—Siempre has creído en la bondad de la naturaleza humana.

—Lo admito. Mira, tú no me tratas del mismo modo que a tu madre. Tu lenguaje es distinto, tus formas también. O con otro amigo, me da lo mismo. Conoces las circunstancias vitales de cada uno, puede que hasta sus más íntimas motivaciones. Actúas en consecuencia, de forma voluntaria o inconscientemente. Cambias tu lenguaje gestual. El trato es diferente. Discriminas todos los días en todo momento dependiendo de muchos factores. Tus intereses, tus apetencias, tus necesidades…

—Si tú lo dices…

—Piensa en ello. Yo también lo hago. No me parece algo negativo. Lo que hacemos es reconocer las peculiaridades de cada interlocutor. Todos somos diferentes. Eso está bien. Tratamos con tacto y cariño al colega al que le ha dejado la mujer. Lo hacemos un tiempo. Conocemos, o creemos conocer nuestro papel, somos sus colegas y de alguna manera queremos apoyarle en un tema personal. Ahora extrapola este argumento a discriminación positiva que la sociedad hace a quienes lo han tenido crudo. En lo laboral, en lo social, en el acceso a una vivienda.

—Mira que lo intento, pero sigo sin verlo claro. Sigue siendo una discriminación. Un trato de favor en ciertos procesos de selección o admisión o como quieras. Un trato diferenciado que perjudica al que no tiene esa condición y que, por tanto, se queda fuera de la lista sin tener culpa de nada.

—…

—Por otro lado, ¿quién me dice a mí que los tribunales que han evaluado al tipo en cuestión han sido justos y equitativos? No dejan de ser personas que hurgan en la cabeza para ver si está lo suficientemente loco como para darle esa condición. Como tales, se equivocan. Se pueden equivocar, al menos. Es un tema delicado…

 

Estoy de acuerdo: es un tema muy delicado en el que todas las opiniones son válidas. A nadie le obligan a pasar un tribunal de éstos en los que te bareman tu pedrada y te dan un porcentaje que te puede ayudar a entrar en la administración, pagar menos impuestos, acceder a una vivienda de protección oficial, solicitar una pensión de invalidez o lo que sea.

Del mismo modo, a nadie le obligan a favorecerse de esas medidas. Como yo, hay quien opta por unas y no se acoge a otras. Son decisiones personales, para mí nunca censurables, que dependen de las circunstancias de cada cual.

Una última opinión. Me gustaría que mis padres no vieran en peligro su pensión porque creo que se la han ganado. Me gustaría que la atención sanitaria fuera realmente universal. Que quien quisiera pudiera educarse y formarse en las mejores condiciones, con un acceso gratuito a la cultura.

Hay aspectos que no tengo del todo claros en esto de la discriminación positiva…

EL CUENTO DE PEIO Y EL LOBO

20 Nov

FEATURE MATCHER FOR BC-SPAIN-WOLVES

Me llamo Peio y esta vez lo cuento yo.

Hace ya diez años que empecé a escuchar aullar al lobo. Las primeras veces no hizo falta ni que lo contara: todos vimos al lobo. Como soy un agonías y bastante melodramático, la siguiente vez que lo escuché avisé, con más miedo que alma: “Que viene el lobo, que viene el lobo”. Fui escuchado por amigos, familia y gente especialista en lobos. Al final el muy traidor no compareció, lo cual estuvo muy bien para mí. Para los demás…

Empecé a perder credibilidad. Vamos, que cada vez que volvía a gritar que viene el lobo y el lobo no se presentaba, me tomaban por el pito de un sereno. Todavía más. Como estaba convencido de que el hecho de gritar mi angustia, mi desazón y mi miedo me servía además de para seguir atento y ser considerado con quienes más podían padecer su llegada, y también para -sigo sin saber cómo- evitar que apareciera, no dejé de hacerlo. Un bucle de desprestigio, como en el cuento original.

No juzgo la incomprensión de aquellos que no me escucharon. Esto funciona así, parece, y somos muchos los que gritamos: “Que me viene el lobo”. Ojalá fuéramos más los que lo berreáramos y supiéramos hacerlo en el momento apropiado y sin crear alarmas innecesarias.

Por mi parte, como este cuento lo cuento yo, confieso que estáis leyendo el penúltimo capítulo. Que estoy bajando de la azotea de un edificio de doce pisos. No he gritado que viene el lobo. Pero lo tengo a mi lado, sigiloso, bajando las escaleras.

No sé si gritaré ayuda la próxima vez que venga o me tiraré de esta misma azotea y se acabará mi cuento.

De momento, tengo un poco de hambre: voy a buscar una pastelería. El lobo también entrará, aunque no le dejen, porque es un ser destructivo, irreverente y antisocial. A mí, lo que es, no me respeta nada. Que se vaya y me dé un respiro, aire para poder gritar, si así lo decido: “Que viene el lobo”.

LA MEDICACIÓN (Y 2) ¿ESTIGMATIZA?

7 Mar

¿Marca al que la toma? Si va bien cargado ¿se le señala con el dedo? ¿Es otro factor causante del autoestigma?

Hace unas semanas, en la Biblioteca en la que trabajo entro una chica muy joven -de mi edad, vamos- y estuvo un rato haciendo uso del bien común. Recomendable actividad, por cierto. Cuando se iba, me preguntó algunos detalles sobre los servicios de la Biblioteca. No me pude aguantar. Entre susurros -es lo que procede en este espacio- le dije que yo tenía trastorno bipolar y le pregunté de qué iba puesta. Se sorprendió, no demasiado, y me respondió que de clonazepam y de lorazepam.

Nos reconocemos entre nosotros. Somos un subgrupo. Pero ¿por qué?

Por las pupilas. Por la ausencia de saliva en la boca. Por el aliento. Por la mirada huidiza, culpable en ocasiones. Por las pocas ganas de relacionarnos que nos da la posibilidad de salir por pies en cualquier momento a nuestros cobijos en caso de sentirnos mal. Por los temblores de las manos. Yo qué sé por qué más.

Si somos bioquímica, como dice Francesc, con la medicación deberíamos ir puestos de lo que nuestro organismo no genera en la medida apropiada. O de complementos que nos ayuden a encontrar paz.

Admito la complementariedad. Rechazo la suplementariedad perpetua.

Esta medicación como suplemento de mi incapacidad puede ser causa de mi rechazo hacia mí mismo si estoy tomando medicación. “Sólo, no puedo. Con amigos, sí” ¿Recordáis “La bola de cristal”?bola

Pues esto es parecido, pero todo lo contrario. “Mira chaval, si has escuchado toda la murga que te he dado, entenderás que tu cuerpo, por razones que ni siquiera nos arrimamos a comprender, es incapaz de segregar patatipatataobladioblada… así que toma de esto tres veces al día. No, no te puedo decir hasta cuándo. ¿Toda la vida? Nunca se sabe…”

Tócate los pies. Ése fijo que se reía de la Bruja Avería, pero no se le rompió ni la lavadora ni le estalló el televisor ¡Injusticia!

Retomo el ejemplo de la diabetes para dar por el riau un poco. Medirte el azúcar en sangre en un bar a las dos de la mañana, puede ser causa de que te señalen con el dedo mugriento de la incomprensión.

Si le susurras al conductor de un autobús urbano -villavesas en esta ciudad- que te abra la puerta porque te quieres bajar, porque ya no aguantas más estar ahí metido, estás blanco como el papel y sudando a chorros… no hay dedos mugrientos de incomprensión. No solamente. Hay rechazo. Por desconocimiento, por miedo, por lo que sea. Pero estás así porque un licenciado en medicina y no siempre doctor en psiquiatría ha considerado que tienes que tomar esa ponzoña y te ha sentado mal, te ha hecho reacción con otras medicaciones o las dos cosas.

Podría poner un sinfín de ejemplos más. No son horas.

Mejorarán estas drogas. Saldrán otras mejores. Espero que cuesten más. Porque si tengo que tomar alcohol y me dan a elegir entre un güisqui nacional y uno de malta de 24 años, escojo la droga cara y de calidad.

Y me repito. A mí se me vence. No se doma.

 

A la memoria de Leopoldo María Panero

 

EL PODER DE LA TELEVISIÓN

6 Feb

“(…) dado que que vivimos en esta sociedad de la información -que a veces parece que si algo no sale en la tele no puede ser verdad-…”

Esta frase la suelto en “Las notas del autor”, nada más empezar el libro.  No es un ladrillazo sin más. La televisión tiene una fuerza distinta y un poder muy grande. Informa, deforma, entretiene… Su poder está en que llega, con imágenes y sonidos, a casi el total de la población.

Sigo apelando a la responsabilidad de todos los medios de comunicación como abanderados de una comunicación precisa. Son los medios los que tienen en su mano informar y crear opinión. Sensibilizar, si queréis.

Me sigo llevando sorpresas de ésas que me soliviantan hasta los calcetines -aquel artículo en Salamanca Hoy no tiene desperdicio y paso de poner el enlace- y otras que, por contra, me hacen ver que las enfermedades mentales no hacen prisioneros, ni siquiera entre los profesionales de los medios de comunicación.

 

Ésta es la información sobre la campaña de FEAFES “Queremos ser felices”. Si quieres, puedes ver de qué va y firmar el manifiesto.

El vídeo de marras es un arma más dentro de la campaña. Se ha difundido. Si tenéis más rato…

LA SEXTA Informativos, a partir del minuto 27

TVE, TeleNavarra, a partir del minuto 14

Navarra Televisión

Algo de sobredosis, ya. Lo que intento es que nos demos cuenta de lo valiosos que pueden ser los medios de comunicación como potente altavoz para tocar los cojones a todos aquellos que no están dispuestos a enterarse que hay enfermedades mentales, que les puede tocar pasado mañana a ellos o a la persona que más quieran, y que siguen por la vida procurando ignorar realidades y, lo que es peor, ignorando personas, provocando dolores gratuitos y arbitrarios.

Os dejo con Marlon Brando. Que también tenía una interesante pedrada, dicho sea de paso. Pero fue capaz de interpretar a personajes salvajes, atormentados y sensibles.

marlon-brando

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