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¿TENGO TRASTORNO BIPOLAR? DIVERSIÓN Y SUFRIMIENTO

1 Nov

Estamos de celebración.

Mientras escribo esto, el blog habrá recibido 58.000 visitas. Gracias a todos por venir.

También la página facebook está a punto de llegar a los 400 “Me Gusta”, que no son los veinte millones de la de The Rolling Stones, pero es una respetable cifra.

Foto de Luis Zabalza

         Foto de Luis Zabalza

Como podéis ver, este año os habéis librado y no os he puesto la canción de Los Suaves “Víspera de Todos los Santos”. Era un día como otro… ¿dónde vas pobre loco? Dios se cansó de dar cuerda a mi vida…

Al ajo. ¿Tengo trastorno bipolar? Algún sabio escribió no sé qué de ser capaz de admitir sus propias dudas que tenía que ver con la inteligencia.

Al principio, cuando negaba el diagnóstico y me negaba a mí, afirmando un carácter que no era el mío, yo luchaba de forma diferente. La enfermedad de los afectos. La enfermedad del ombligo. La enfermedad, de entre todas las que he tenido o tengo, que más ha decidido el curso de mi vida. Presente en todas las decisiones importantes, cotizara alto o bajo en los mercados de mi credibilidad.

A día de hoy, reconocer el diagnóstico y llevar un determinado tipo de vida no me hace más sabio. Tampoco más consecuente. Ni quiero que el trastorno bipolar me dé excusas, tampoco razones. Me gustaría, como escribía el otro día, que por encima de todo esté mi propia personalidad, mi carácter. ¿Por encima? Al menos por delante.

Me gustaría que los demás, cuando vieran en mis ojos a la tristeza, se plantearan primero si tengo algún motivo en vez de pensar que lo que me pasa es directamente un síntoma. Otra vez. Y si me ven feliz, lo mismo. Pero cómo voy a culpar a nadie, si el primero que lo hace soy yo mismo.

Como decía Cristina en su blog “Estoy como una maraca”, el autoestigma es la capacidad que les damos a los demás de señalarnos. Si no es exacto, espero que me corrija.

Llega noviembre. El mes oscuro. También el mes creativo. Hace ya tres años que redacté el libro. Me quedaré otra vez a solas conmigo, dando patadas a los montones de hojas que se me acumulan en los resquicios de mis anhelos.

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Impermeable

13 Oct

Patxi Irurzun, que viene a ser el duende que periódicamente aparece en este blog, se iba a ir de viaje. De hecho, ya ha vuelto de Costa de Marfil. Bajó a buscar su impermeable y, si buscáis en su blog -no es por joderle el escrito, quiero decir- se encontró con, dos puntos, abro comillas, la fe inquebrantable en la imaginación, el anhelo de libertad, la lucha empecinada por cumplir los sueños. Cierro comillas.

Tirando de sinceridad, esto lo leí hace ya días y me dije, jodé Patxi, ya me has vuelto a dejar fuera de sitio. Fue en el bar que abre los domingos a las ocho de la mañana y sirve café a los optimistas que vamos a jugar un rato en los frontones municipales de la Rotxapea. Total, que me había quedado más con los guiños a aquellas canciones que con el mensaje que ahora rescato: fe, anhelo y lucha.

No. No sólo eso. Fe inquebrantable en la imaginación. Anhelo de libertad. Lucha empecinada por cumplir los sueños. Uf.

¿Esto es un impermeable? Si peinas tantas canas como Patxi, o eres un artista, o eres un iluso, o eres un romántico, o todo a la vez, o te dejan escribir en el centro de día un ratico (Saludos, Gure ahotsa!).

Quiero pensar que también puede ser el tipo que entra a comprarme pilas a la tienda, o el camarero que pone cafés un domingo a las ocho de la mañana. O tal vez aquella profesora que tuve en el instituto y a la que ahora veo por el barrio. Lo mismo puede ser aquel que sacó la ingeniería y ahora está de celador en el hospital cubriendo bajas.

Ay, Patxi. Cuántos cuentos por contar. Cuántas conciencias por remover. Cuántas patadas en el culo por dar, de las tuyas, de las de negro sobre LCD… Con lo que yo sé que te gusta el mundo de los locos, que tantas veces nos has sacado en tus novelas y cuentos. Lo siento. Esta vez me has lobotomizado de tal manera con la fe, el anhelo y la lucha que seguimos sin negociar el más negro cuento de la unidad de agudos del Hospital de Navarra.

Patxi intenta un chelfi en Costa de Marfil

Tanta coña, tanta coña y al final lo que se me olvida contar son las reflexiones que este escrito tuyo -Patxi es el de la foto de aquí arriba- me han provocado.

Que son viejas de lustros, en realidad, y que se refieren a que una atroz forma de discriminación que, a temporadas, padecemos quienes tenemos un diagnóstico y, a temporadas también, claudicamos y tomamos más medicamentos (¿has visto, ama, que no he puesto drogas?)… me alargo, me alargo. Vamos, que nos hacen la puñeta cuando admitimos tal droga “para un par de semanas”, y nos tiramos una llegando a la dosis, cuatro tomándola y tragando efectos secundarios, y luego dos semanas más quitándola, porque si no, monazo digo síndrome de abstinencia que te crío…

¿Esa droga protege cual impermeable? Me estoy refiriendo a ésa que te tomas en amago de crisis o llámalo como quieras, pero que todavía no te has subido por las paredes ni estás hundido en el fango, y para firmar un informe que diga que hay patología aguda hay que tener más conchas que una tortuga. De esa medicación hablo. Antiepilépticos. Antisicóticos. Antidisturbios. No, esta última no. Pero casi.

Ya. Si la teoría me la sé. Y la práctica también, coño, si he empezado escribiendo que son reflexiones viejas de lustros. Un ejemplo, que a veces viene bien. Me duele la cabeza, bastante. Tengo la oportunidad de acostarme y creo que me dormiré ¿Me tomo una aspirina o espero a la mañana siguiente, a ver si me sigue doliendo?

No sé si el ejemplo vale porque aquí la decisión es personal, no hay ingresos, ni órdenes judiciales, ni conceptos como adherencia al tratamiento que… en fin. Pienso que sirve para hacernos una idea.

Porque a veces el cuerpo es sabio. Reconoce síntomas y recuerda experiencias. Me gustaría que el sujeto, ése que es capaz de reconocer sus síntomas ya vividos y recordar experiencias pasadas, fuera escuchado y que su voluntad, en la medida de lo posible y sin demasiadas condiciones, fuera lo más respetada posible.

El argumento del gasto social ante un posible y futuro ingreso no me lo saquéis, por favor, que estoy cansado de recordar que tuve un médico que se murió de neumonía sin haber cumplido los cincuenta…

Ya. Que ahora, si queréis, hablamos de la fe inquebrantable en la imaginación, del anhelo de libertad y de la lucha empecinada por cumplir los sueños. Y a ver quién aguanta más la risa.

 

Me gustaría que recibiera un impermeable de los buenos todo aquel hospitalizado por orden judicial y todo aquel que esté llevando un tratamiento ambulatorio obligatorio.

Gracias a Patxi Irurzun por dejarme… por no… Gracias, Patxi.

CUMPLE MIS EXPECTATIVAS

23 Ago

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Qué tiempos de este anuncio, ¿eh? Año 1993. Me ha venido a la cabeza porque esta chica,

HOLLYWOOD, CA - FEBRUARY 24: Actress Charlize Theron arrives at the Oscars at Hollywood & Highland Center on February 24, 2013 in Hollywood, California. (Photo by Jason Merritt/Getty Images)

Charlize Theron, acaba de cumplir 40 años y, en el vigoe.es, I.G.P. le dedica este artículo.

Tirando del hilo, no con el mundano gesto de la joven Charlize en el anuncio (y es que me faltan gracia y caderas para hacerlo) me doy cuenta de que no son sólo mis expectativas las que no cumplo. También decepciono a los demás ¿A quienes en mí han puesto alguna de sus esperanzas? A ésos, también.

A pesar de que sigo con la creencia de que no voy a ser una embarazada ejemplar y con el convencimiento de que no me voy a casar, reconozco que Joseph L. Mankiewicz me suena a defensa central de la selección polaca de los años setenta. Lo siento, los reyes católicos me suenan también a conquistadores. En Navarra, tras Fernando conquistarla, hace 503 años, sólo dejaron un par de castillos en pie. Sí, un mero juego de tronos.

Me enredo. Las expectativas que los demás depositan en uno son eso, de los demás. Tendrán sus razones y su capacidad de frustración. Como ya hemos quedado, eso de la capacidad de frustración es personal, intransferible y digna de aplauso si se quiere, pero sobre todo personal.

¿Me tengo que sentir responsable, incluso culpable, por decepcionar a los demás? Mmm….

Mmm…

No debiera, qué narices.

Mi capacidad de frustración es muy limitada, bastante tengo con decepcionarme a mí mismo -duro trabajo- y cada vez me falta menos para cumplir los 40. Es decir, me acerco a esa edad en la que escuchar en labios ajenos lo que tengo que hacer con mi vida me revienta los… me revienta.

Lo mismo es un síntoma -vaya, un síntoma- de madurez y resulta que voy avanzando. Que asumo mis… que asumo las… Bueno, que asumo lo que sea. Y eso es positivo ¿no?

A la memoria de Daniel Rabinovich, de Les Luthiers. Por favor, una carcajada a su Daniel Rabinovichsalud. En este vídeo. Qué genial gamberro…

ENTRADA 210. RISTO MEJIDE Y OTRAS SANDECES.

12 Jul

Existimos porque se acuerdan de nosotros.

Esto me lo dijo una amiga. También me dejó escrito que no me diera tanta importancia a mí mismo. Lo siento, Gloria: unos años más tarde escribí el libro que engendró este blog.

En cuanto a lo primero, lo de existir, suelo estar de acuerdo. Tanto cuando me viene alguien a la memoria como si soy yo el recordado, cobra vigor si se hace algo por dejar constancia activa del acto de recordar. Un mensaje, una llamada. Lo que sea.

Es que estos días me estoy tropezando por todas partes con Risto Mejide. Está cambiando su marca, como él diría, y anuncia que es padre (desde hace cinco años). No sólo eso. Ayer a la noche le preguntaron de qué campaña publicitaria está más orgulloso y responde que de su hijo. Que conste que no es de Bilbao, aunque probablemente no le importaría.

Me digo, hosti nen, no creo que me dé por dulcificar mi carácter poniendo de manera consciente a mi hijo como razón. O como excusa. Ojo, que igual ya no soy ni tan borde ni tan capullo y es precisamente gracias a Amets, o a todo lo que me está suponiendo y a lo que me está haciendo evolucionar, crecer y bla bla bla. Lo que no me apetece es hacerlo responsable de lo que surja de todo esto.

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Tampoco es plan de hacer responsable a nadie de mis cagadas ni de mis aciertos ni de cuando me quedo a medio camino. Precisamente una de las partes que más me chirría de Mejide es el concepto de fracaso y éxito que suelta alegremente. “Eres un ganador. Mañana serás un perdedor.” Anda al pedo. Me parece tan yanki, tan maniqueo… En esto de la paternidad, quiero pensar que nadie triunfa ni fracasa. Ni que se hace bien o se hace mal.

Walk all over you En directo, Amsterdam´79.

De todos modos, mis respetos ante este tío. No tenía una imagen clara de él, (fijo que le jodería), ni siquiera sabía que era publicista ni que escribía y vendía tantos libros. Pero me ha provocado curiosidad y procuraré aprender algo más. Siendo sincero, lo asociaba a los triunfitos y me provocaba arcadas.

Como última reflexión, quisiera volver a mostrar mi sorpresa por la respuesta internauta ante la presencia de Tengo trastorno bipolar. Desmitificaciones y anécdotas. Estos últimas días, la página Facebook está recibiendo bastantes aceptaciones, me gustas o lo que sea. Pues eso:

Bienvenidos a Degüelto

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EL DIAGNÓSTICO: META, SALIDA… ¿O QUÉ?

2 Feb

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Leyendo las atinadas respuestas de Mireia Azorín en el blog de ActivaMent, vuelvo a pensar en el momento del diagnóstico y en lo que supuso para el impaciente paciente que fui.

En una entrevista dije que, al darnos el diagnóstico=disgusto, me quedé como si me hubieran dicho que tenía cáncer de útero. No tanto por lo volado que estaba -ahí, en pleno ingreso, con drogas a mansalva-, como por la sorpresa que supuso y lo poco que pensaba que tenía que ver conmigo. ¡Estaban poniendo nombre a un rasgo de mi carácter! ¡Un nombre médico, una enfermedad, algo malo! En fin. Como una vez visto, todo el mundo es listo, encontramos síntomas que había padecido años atrás y que no hacían más que confirmar dicho diagnóstico.

Busco en el diccionario de la RAE y encuentro una acepción dicharachera y rumbosa:

2. m. Med. Arte o acto de conocer la naturaleza de una enfermedad mediante la observación de sus síntomas y signos.

Vamos, que me siento como el lienzo del pintor, un instrumento para que pueda expresar su arte. Porque del manual de síntomas tan idolatrado, en mí sólo puedo ver aquel psiquiatra un par, máximo tres. Y eso suponiendo que yo sea mi enfermedad.

He conocido a gente que lleva tiempo sin conocer su diagnóstico. Parece tendencia. Tratamos tus síntomas pero no tienes necesidad de colgarte una etiqueta. No me parece mal. Supongo que habrá que confiar mucho y yo la fe me la dejé hace tiempo en el camino.

También he conocido a personas que afirman que el diagnóstico fue el principio de todo. Algo así como que, gracias a él, encontraron el rumbo hacia el que remar.

A otros, en cambio, les ha arruinado la existencia el tener que cambiar su manera de vivir porque las consecuencias de ese diagnóstico… Uy, frase mal escrita, pero creo que se entiende.

Y he conocido a mucha, mucha gente que por culpa de esa etiqueta diagnostiquera han padecido dolores. El primero, el que te causas a ti mismo: ya he hablado mucho del autoestigma, de esa capacidad que les otorgas a otros para que te hagan polvo (Cristina García Aguayo, autora del blog Estoy como una maraca). Por otro lado, ese señalar con el dedo, deporte nacional en estas tierras, que entierra y borra la sonrisa, cuando menos la sonrisa, la de quién, no importa. ¿O sí?

De modo que el diagnóstico sí que pudo ser, para mí, la salida en cuanto arranca el empoderamiento, porque quieres que te dejen en paz y quieres ser mogollón de responsable.

Una anécdota: estas navidades le decía a mi sobrino el mayor que, en las asignaturas que no le gustan y anda más justo, el objetivo era encontrar motivaciones que le ayudaran a sacarlas adelante con holgura con el único fin de que los adultos le dejáramos tranquilo y no le diéramos la murga todo el día con el tema.

Pues parecido, el punto de partida. En mi caso, lo reconozco, estaba hasta las narices de controles y tenía la sensación de que, si me tiraba un pedo, mi cara iba a cambiar de color: todo el mundo se iba a dar cuenta inmediatamente… Quien dice un pedo, dice tener una mala salida… “un síntoma”.

Una meta vital. Nuestro Amets

Amets a punto de dejar de meditar

No creo que sea la meta para mucha gente. No para mí. Mireia habla del concepto pasivo de un diagnóstico en personas dinámicas, y más cuando eres joven y estás creando tu personalidad, estableciendo tus prioridades. Me hace pensar mucho, Mireia Azorín, que es una artista plástica como podéis ver si pincháis en su blog.

Que un diagnóstico es útil queda claro cuando te ven otros especialistas. “Ah, bueno…” No te jode, tiene mucho que ver que me rompa la rodilla con un trastorno bipolar… Pero no se le puede negar la capacidad informativa a la etiqueta, es a lo que voy. Estemos de acuerdo o no, creamos en los diagnósticos o no.

“Voy, ni contigo ni sin ti”. Estoy convencido de que muchas de las alegrías superlativas que me viene dando la vida poco tienen que ver con el trastorno bipolar. Del mismo modo, casi todas mis melancolías y casi todos mis ataques de ira son míos, de mi manera de ser.

¿Soy como soy, hoy día, debido a lo que hace más de veinte años me diagnosticaron? Estoy convencido de ello. De momento, nos vemos en el camino, por ahí.

“El trastorno mental en 1ª persona. Hablando desde la experiencia”

3 Dic

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ActivaMent es un colectivo catalán creado, gestionado y dirigido por personas diagnosticadas de un trastorno mental. En su sede de Barcelona presentamos “Tengo trastorno bipolar”, allá por mayo.

Ya por entonces gestaban un proyecto ambicioso y complicado. Un reto. Un desafío. Conseguir publicar una serie de libros electrónicos. Ahora, Editorial Miret pone a la venta el primero.

Aquí podéis acceder a toda la información de la mano de @ActivaMent y haceros con un el libro por sólo 3 €. Yo ya lo he preguntado: no, no se puede envolver para regalo. Y sí, la mejor dedicatoria es poneros en contacto con ellos. Mónica y Hernán estarán encantados de atenderos.

Sería éste un buen espacio para volver a disertar sobre la fuerza del mensaje cuando el que lo cuenta lo hace en primera persona. No procede: pasen y lean.

Nota: ¿No tienes lector de e-Books? No importa. El libro está publicado en formato e-PUB y puede ser leído desde cualquier dispositivo digital: ordenador, tablet, smartphone, etc. Te descargas gratis aquí el Adobe Digital Editions y a disfrutar desde donde quieras.

“Relacionan inteligencia con trastorno bipolar”

28 Nov

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Este artículo de BBC Mundo se basa en los estudios de investigadores del Instituto de Psiquiatría del King´s College de Londres, en el Reino Unido, y del Instituto Karolinska de Estocolmo, en Suecia.

La investigación está publicada en la British Journal of Psychiatry.

Destacaría que el estudió “incluyó a cerca de 714.000” y que la metodología es, cuando menos, curiosa.

Procurando no ponerme demasiado cínico, y reconociendo mi falta de conocimiento, no puedo evitar que me salga una sonrisa al leer éste y otros estudios. Supongo que mi escepticismo parte del diagnóstico en sí mismo de las personas estudiadas. De cómo se ha venido diagnosticando y… no voy a entrar en cómo se está haciendo. Del futuro, mejor no hablamos.

En el artículo también hacen referencia a la relación entre el trastorno bipolar y la creatividad, aludiendo a la concentración en fases hipomaníacas.

Me parece a mí que el inteligente y/o creativo lo será antes de que lo diagnostiquen de depresión o de sufrir episodios de ansiedad o psicóticos. O de todos ellos a la vez. Vamos, que es algo intrínseco, propio de cada uno. Parece claro que lo seguirá siendo tras el mágico momento de la asignación de la etiqueta.

En lo que a mí respecta, mis niveles de concentración durante una crisis hipomaníaca o maníaca eran tan altos que no sabía si me estaba concentrando en un asunto o saltando de uno a otro como si estuviera manejando un ratón de ordenador con Parkinson. Eso si no sufría alguna alucinación, que entonces ya… para ganar un Pulitzer o un Nobel.

En fin. Que fijo que hay personas con este diagnóstico que son muy inteligentes y muy creativas. Es una mera cuestión de estadística.

PLATICANDO CON UN PROFESOR

1 Nov

GOOD WILL HUNTING

Ha llegado por fin el otoño a Iruña. Me encuentro con un antiguo profesor que nos padeció hace ya más de veinte años. Mantenemos una de esas conversaciones accidentales y cronometradas de acera y cigarrillo.

Me comenta que volvió a verme en la prensa y que acudió a la charla de hace dos semanas sobre el estigma y la figura del Peer Support o Ayuda al Igual. Reconozco que le vi pero que no le pude saludar: estaba lejos, quería atender un compromiso, ya sabes.

Se arranca con la sinceridad que da la premura y el haber visualizado este encuentro previamente. Me dice que también estuvo, hace ya más de año y medio, en la presentación del libro. Que entonces tuvo sentimientos encontrados. Orgullo por un lado y curiosidad por comprobar qué había sido de mi vida desde entonces. Ignoraba que tuviera un diagnóstico. No percibió síntomas cuando me daba clase. Por otro lado, temor por mi exceso de valentía: sigue convencido de que voy a padecer mucho por haber hecho pública mi enfermedad de esta manera tan llamativa.

Escucho atentamente lo que me dice. Tengo un buen recuerdo de este profesor y siempre le he respetado. Le agradezco su asistencia a los dos actos. Como supongo que leyó el libro y no hace ningún comentario, le preguntó por su parecer sobre esa figura, la de Ayuda al Igual.

Me dice que es casi revolucionaria, que la idea es muy buena pero que no acaba de ver su lugar en los Servicios de Salud Mental, codeándose con psiquiatras, psicólogos y demás. Me dice que le ve una gran utilidad en institutos, tal y como se habló en la presentación.

Me permito, porque ya no tengo 16 años, discrepar. Estoy de acuerdo en que los jóvenes, el futuro, debieran ser educados en este aspecto. Pero le digo que también los profesores. Así como él no detectó, durante el curso que me dio clase, mi depresión severa ni mis crisis de ansiedad, que afectaron a mi rendimiento académico y a mi actitud en clase (del resto de aspectos de mi vida no le hablo), hoy en día ocurre lo mismo. Le hablo de la figura del maestro. Del bien que puede hacer una conversación de un adulto empático, a pesar de poder ser una autoridad, en la reconducción de una situación de este tipo. Por tanto, le digo, también los docentes necesitan saber más. Así nos lo han hecho saber unos cuantos de ellos, quejándose de la falta de recursos que tienen.

Tras su sorpresa sincera, estoy convencido de ello, me dice que que los síntomas que describo en el libro le parecen exagerados. Inmediatamente le interrumpo: mis amigos, algunos de ellos también antiguos alumnos suyos, opinan que las mayores salidas de tiesto, las más graves, las más duras, no aparecen en “Tengo trastorno bipolar”.

Por fin, por fin, reconoce que está muy sensibilizado con el tema: un familiar muy cercano fue diagnosticado hace tres años. No puedo evitar un “lo suponía”.

Me pregunta por mi vida, yo por la suya, recordamos alguna vieja batallita, me pregunta por tal y cual amigo, yo por su jubilación.

Al despedirnos me suelta: “¿Y ahora, qué vas a hacer?”

Confío en que seguir manteniendo conversaciones de este tipo con gente que en su día no quiso ver y ahora está dispuesta a arrimar el hombro. Como tú.

Añado un fotograma de la película “El indomable Will Hunting”, “Good Will Hunting”. Ni Robin Williams era profesor, ni yo soy una máquina mental. Me identifico con el personaje que interpreta Matt Damon por su escaso control de la ira y sus problemas con la frustración. Como es complicada de encontrar en DVD, me permito recomendarla y os invito a comentarla. Ahí, abajo, donde pone “Comentarios”…

TOLOSA (Gipuzkoa), miércoles 30 DE ABRIL

28 Abr

TOLOSA

Pasado mañana, a las 18:30, estaremos en Kultur Etxea (Triangulo Plaza 1) presentando el libro “Tengo trastorno bipolar. Desmitificaciones y anécdotas”.

Una vez más, AGIFES está organizando el acto. El servicio de Ocio y Tiempo Libre se está encargando de ultimar los detalles para que todo salga como suele.

El éxito radicará, como siempre, en que los asistentes participen. No necesariamente hablando y aportando sus experiencias y sus trucos. El mero hecho de acercarse a la Kultur Etxea puede ser un triunfo en determinadas circunstancias en las que quedarse en casa y dejar pasar un día más es la tónica.

Vamos a pasar un buen rato, a conocer gente y a compartir. Aunque sea nuestra presencia.

Serán las ganas que tengo de subir por las mismas escaleras, de entrar por la misma puerta, de encarar los acontecimientos con herramientas suficientes. Serán las ganas de asumirme distinto.

Como todos.

 

LOS REMOS Y LA BARCA

22 Abr

En el último capítulo del libro relato cómo me las intento apañar en las crisis. Utilizo el mar como escenario metafórico y una barca como alegoría de mis recursos para evitar que mis desequilibrios se apoderen de mí.

Ay, quién maneja mi barca, quién

En un comentario, una lectora escribe: “Despreocupémonos de “qué” son los remos, y sigamos adelante con nuestra barca!”

No lo quiero interpretar como un todo vale. Para mí, cualquier recurso no me sirve. No me pongo estupendo cuando afirmo que no vuelvo a ser hospitalizado si no es con los pies por delante. Tampoco me vale tomar sin un mínimo espíritu crítico cualquier medicación. Ni ponerme en manos de un desconocido para entregarle mi criterio y mi voluntad. Todos los considero remos válidos porque a otros les sirven.

Para mí… son demasiadas cicatrices.

Mi premisa, a día de hoy, es que si un recurso/remo me aliena y no me enseña a prevenir no lo considero válido.

Coincido con que el objetivo es que sigamos adelante con nuestra barca. Avanzar. Pero abogo porque se reconozca que cada barca es diferente. Hay veleros de fibra de carbono. Hay chalupas viejas y pesadas. Yo siento que la mía es de las últimas. Necesito pintarla con mucha frecuencia. Sacarla del agua. Cambiar tablas. Del motor, ni hablo. Es el de nuestro SEAT 124 del 75…

Mi barca es agradecida como la buena tierra. Si la cuido, responde. Y suspira aliviada cuando tiro de los remos o del motor. Si no le hago caso, responde airada y me pone en riesgo de subirme a la parra o de bajarme al lodo.

Me reafirmo en lo que escribí en el libro: “De modo que no es una mala costumbre (…) navegar mirando al cielo de vez en cuando. Estoy convencido de que, con el lastre que llevo, es más saludable mirar al cielo que mirarme el ombligo. Así puedo intentar volver a puerto a tiempo para evitar males mayores.”

Mañana es el Día del Libro. Descuentos del 10% y rosas de regalo. Regalemos libros. Y a nosotros mismos, también. Recordemos que no hace falta cargarles la batería.

LA SABIDURÍA DEL FRACASO

14 Abr

En las instalaci0nes de Tajonar del C. A. Osasuna, en las paredes de los pasillos, había una serie de placas con mensajes educativos. El que más me llamaba la atención era uno en el que se podía leer: “Hay que saber ganar. Hay que saber perder”.

Me parece que nunca se acaba de aprender. Ni a ganar ni a perder. Puede que en eso consista la vida. A mí, lo de participar sin más, no me va ni con gaseosa. Lo de empatar, lo de que la vida pase por mí sin obtener de ella más que lo servido… Los que leáis este blog conocéis mi cantinela de sacarle el jugo, de beberse el cáliz hasta las heces y demás.

Como yo no acabo de aprender, a los hechos me remito, y soy consciente de mi impericia en muchos importantes aspectos, sigo con la ambición del que no se conforma con lo que tiene. El objetivo está claro: mejorar. Qué bonito. Mejorar ¿para qué? Ni más ni menos que para seguir intentando vivir con intensidad.

La sabiduría que nos da el fracaso“. He estado leyendo y escuchando historias que las relaciono con esta frase que escuché con atención a Robe Iniesta, Extremoduro. (Empiezan tremenda gira el mes que viene, más de cuarenta conciertos y luego, América Latina). Siempre se dice que se aprende mucho más de lo malo que nos pasa que de lo bueno. Una frase que ha tenido que escuchar mucha gente en pleno proceso de duelo.

A golpes se puede aprender. Hasta se debe, si me apuráis, en deteminadas circunstancias. La clave, para mí, está en esa consciencia que permite hacer valoraciones que vayan más allá del qué mal lo he pasado, seguro que la vida me recompensa más adelante.

Inmediatamente después de fracasar, de perder, del guantazo… es muy complicado llegar a conclusiones que puedan ser útiles más adelante. Ése inmediatamente después es, para mí, momento de observación. Nada más. Forma parte de la recogida de datos.

Pasado un tiempo -jamás sabré cuánto, al paso que voy- es cuando comienza el partido de verdad. Cuando hay que rebobinar, tirar de analogías con experiencias pasadas, discriminar actuaciones procurando ser justo con uno mismo e intentar hacer todo esto con frialdad, a pesar del golpe que sufrido hace tan poco tiempo.

Estoy refiriéndome al trabajo que vale la pena. Al que no tiene precio. Al que nadie que no sea uno mismo puede hacer. Porque el beneficiado es uno mismo. En ese trabajo procuro ser eficiente por esa mismo razón. Donde procuro ser realista. En fin… Donde sé que todas los conclusiones que pueda sacar serán válidas si lo hago bien.

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¿La sabiduría del fracaso? Sí. Es un buen maestro. Porque son mis propias experiencias -las vividas en mis carnes y las que nadie más puede sentir- las que que me van a enseñar a evitar los mismo errores en el futuro. Esto es de cajón. Ya lo sé. Pero no percibo que la interiorización de este tesoro haya sido simpre tan efectiva. No lo ha sido para mí. Aunque me llenara la boca diciéndolo.

Hay más. Tengo que llegar más profundo, más fuerte. Y tengo que hacerlo con ese objetivo: que mi aprendizaje me haya servido para evitar, sí, pero también para exprimir lo que venga, lo bueno y lo malo, con entusiasmo. No me vale dejarme llevar por la abulia del fatalismo. Es una actitud que arrastré una larga temporada y no hizo más que enfangarme e impedir impactos potentes en mi existencia. Demasiado aburrido.

“Cada vez que me ves soy más sabio y más perro”. Hala pues, seguiré metiéndome en mi pensamiento con la esperanza de sacar sabidurías prácticas que me resulten útiles para… todo lo que me queda por vivir.

PRESENTANDO EL LIBRO EN CUENCA

11 Abr

Antes de nada, contaros que ya hemos corregido el desajuste de la entrevista en la revista Auzolan, en la entrada anterior a ésta, por ahí abajo. Que puse el texto tan pequeño que no se podía leer. Espero que ahora no haya tantos problemas y que no se repita.

Hacer una presentación en una ciudad ajena es labor de mucha gente. Pretendo, con las líneas que siguen, destripar un poco todo ese trabajo y agradecer a todas las personas que colaboraron para que el pasado día 4 tuviera la oportunidad de defender mi libro y mi mensaje en Cuenca.

Cuenca desde la habitación

Néstor Ceballos, de Asociación Vivir – FEAFES Cuenca, se encargó de… de muchos cosas. Nos acogió, nos trató con cariño y se preocupó de reservar el Auditorio del Centro Cívico Aguirre.

También puso en marcha a usuarios, profesionales y voluntarios de la Asociación para dar publicidad local al acto, de la buena, del boca a boca.

Colaboró con Cristina Ochoa que una vez más puso su talento y su apoyo.

Embarcó a Victoria para que colaborara en dar la bienvenida a los asistentes y en vender libros a los interesados. Y puso a mi derecha, en el estrado, al presidente Luis Carrasco.

Como remate, no sé cómo lo hizo, pero consiguió que Paco Auñón, periodista, ejerciera de maestro de ceremonias. Las que siguen son las palabras que pronunció al principio del acto como bienvenida y que, con su permiso y para retozo de mi estima, reproduzco como las dijo:

“Buenas tardes y bienvenidos a todos.

En los próximos minutos vamos a presentarles un libro sobre el trastorno bipolar. En sus páginas, el autor, que nos acompaña aquí, Sergio Saldaña, nos abre las puertas de su intimidad y comparte con los lectores la parte más oscura de su vida, lo que la mayoría de nosotros no querría contar jamás, el lado oscuro, las miserias personales e, incluso, el lado más salvaje de la vida, por el que alguna vez  discurrimos, como dice la canción de Lou Reed.

Pero Sergio se abre en las páginas de este libro para llevarnos de la mano, no nos presenta los acontecimientos como noticias que se suceden, no nos deja solos ante los acontecimientos, si no que nos arropa en todo momento. Él está junto al lector señalándole con el dedo, indicando, diciendo, mira, contempla, experimenta, porque así lo viví yo.

El autor nos presenta el trastorno bipolar sin miedo, con la seguridad de quien le ha plantado cara y le ha mirado a los ojos, y nos dice, ‘tranquilos, yo estoy aquí para enseñaros, para daros seguridad en vuestras dudas’. Y conforme pasan las páginas sentimos esa presencia a nuestro alrededor, nos sentimos acompañados en este viaje a las profundidades del ser humano.

Sergio se confiesa, pero nosotros no somos el confesor que está enfrente, sino que nos sentamos a su lado. Sergio es el protagonista, pero él no está solo en el escenario, el lector le acompaña. Y si la acción nos lleva a la vorágine de los acontecimientos, no lo veremos desde el patio de butacas, sino que seremos protagonistas junto a él.

Su forma de contar esta historia es tan cercana, que, a pesar de la cruda realidad que nos presenta en algunos capítulos, el lector se siente sentado junto a él, frente al fuego de la chimenea, escuchando sus palabras, sintiendo su aliento, su sudor, su fuerza, su agonía, su entusiasmo, sus cabalgadas a lomos de un animal feroz que nos lleva a nosotros también en ese viaje por abandonar el fondo, por llegar a la superficie donde encontraremos el resuello, el aire que nos falta, la vida que deseamos más que cualquier otra cosa.

 

Desde la frustración por no poder continuar jugando al fútbol de manera profesional al final de su adolescencia, hasta la esperanza del nacimiento de su hijo quince años después, Sergio nos presenta en estas páginas una serie de acontecimientos que han marcado su devenir con el trastorno bipolar. Este trastorno es también conocido como ‘maníaco-depresivo’ y es una enfermedad mental que se caracteriza por la alternancia de fases depresivas y de euforia, lo que aquí se denomina (manía).

Todos experimentamos alegría o tristeza. Piensen si quieren qué les ha puesto alegres últimamente. O qué les ha puesto tristes recientemente. Es la agudeza de esos momentos, la perseverancia en esos estados, lo que determina que algo no va bien en nuestra salud mental. Eso es lo que debió sentir Sergio la primera vez, cuando descubrió que la situación se le iba de las manos y terminó en una unidad hospitalaria drogado hasta no poder coger un lápiz y escribir. Con lo que a él le gusta escribir.

Ahí es cuando de te das de golpe con la pared de la realidad. Mira chaval, sufres esta trastorno mental, preparate porque esto se puede repetir, patatín patatán…

Sergio, que es un ser humano con todas sus letras, recibe estas noticias en esos años aún difíciles en los que no dejamos de ser adolescentes y ya tenemos que ser adultos.

Pero aquí el trastorno bipolar se encuentra frente a frente con un héroe que no quiere que la historia termine mal, que busca un final feliz y que, arropado por el resto de personajes de la novela, su familia, sus amigos, su novia…, emprende la aventura de sortear los acontecimientos, que lucha batalla a batalla, que pierde en ocasiones, pero que se levanta, empuña de nuevo la espada y acorrala al dragón en la cueva más profunda para gritar a los cuatro vientos, ‘a mí se me vence, pero no se me doma’.

 

Sergio Saldaña es de Pamplona y tiene trastorno bipolar, aunque lo tiene acorralado en el fondo de la cueva. Desde esa seguridad nos cuenta su experiencia en este libro que esta tarde presentamos. Y como dice en el título, lo desmitifica y lo llena de anécdotas. No se pongan serios cuando abran sus páginas. Relájense, como les he dicho, y sientan la pasión y la efervescencia de los acontecimientos, desde las noches de euforia en busca de emociones con final fatal, hasta el calor de un abrazo de esa persona que siempre está esperándote para cuando regresas al mundo real y lo que más necesitas es un abrazo.

 

En el devenir de la historia tendrán ganas de partirle la cara a este muchacho descarado, se sobrecogerán en su asiento ante la incertidumbre de la narración, pero también pasarán las páginas con una sonrisa que puede terminar en carcajada.

 

El trastorno bipolar es más humano tras pasar por el tamiz de Sergio que ha sabido contarnos en este libro cómo se puede sobrellevar el estigma de la enfermedad sin morir en el intento.

 

Un trabajo que le honra. No todos abrimos así el corazón para compartir, no todos nos acercamos tanto a los demás de esta manera, mostrándonos débiles par dar fuerza a los demás, colgando nuestras miserias a secar al sol para que otros puedan identificarse y decir: yo también tengo trastorno bipolar.

 

No os lo he dicho aún, pero Sergio trabaja en una biblioteca, un regalo de la vida para alguien a quien le gusta escribir. Y esta tarde está con nosotros para compartir en esta sala, la aventura que ha vivido en los últimos años. Un relato que escucharemos ahora en sus propias palabras.”

Entre los asistentes, Ana de la Hoz, concejala de servicios sociales del ayuntamiento de Cuenca, y otro cargo que acudió aunque se tuvo que ir antes de lo que hubiera querido.

Me quedo con la participación activa de los asistentes. Desde Paco, hasta Luis, pasando por Ana que no me dio tregua y, sobre todo, con los usuarios de la Asociación que dieron su punto de vista, su sentimiento y su experiencia. Y digo que lo dieron porque lo entregaron con generosidad a todos los presentes para que pudiéramos aprender de sus vivencias, de sus sufrimientos y de sus alegrías.

Acabar contando que el libro se puede adquirir en la librería Evangelio, en plaza de la Hispanidad 1, muy cerca de esa heladería de mis amores.

Gracias a todos y hasta pronto.

SÍ, TE OIGO PERO NO TE VEO

31 Mar

no me chilles que no te veo

Ahooora te veo ¡Qué buena pinta tienes, Virginia! Pues muy bien, qué quieres que te diga, ya hablamos el otro día un rato por teléfono. No, pedorra. Es que hemos puesto Internet en casa y esto de las videoconferencias es un invento. Sí, por nuestro hijo, así las abuelas pueden ver a Amets siempre que quieran.

Te he dejado de oír, perdona. Ah, vale. Claro, es que me empezaste a hacer una serie de preguntas que no me apetecía responder por teléfono, sin ver la cara que me pones… Al contrario, no me importa. Pero mejor hacerlo así, ¿no te parece? Fue una sorpresa relativa, para qué te voy a engañar. Sé que la noticia de la publicación del libro ha corrido como la pólvora entre los que íbamos a la uni. Mira tú, las redes sociales, qué mogollón de cotillas estamos metidos… Sí, claro: media vida ha pasado desde que nos conocimos. Lo del libro ya te conté algo por teléfono, sí. Ya ves, parece que me había llegado el momento. Me imaginaba que algo sabíais, Ana, Marga y tú. Nunca me preguntasteis. Aquella noche que me acogisteis en vuestro piso de estudiantes os disteis cuenta de que era algo serio. Lo cierto es que fueron mis peores años. No te rías, puñetera, me refiero a la enfermedad. Me la diagnosticaron un mes antes de empezar la carrera, con 18, sí. Ya sé que te enteraste de mi segundo ingreso. Y las temporadas que desaparecía… Bueno. Ha pasado mucha agua bajo el puente. No tengo ni idea de cuándo “comencé con mi empoderamiento”. ¿Desde cuándo eres adulta, majica? Pues eso, algo parecido, en mi caso poco a poco, también. Puede ser, golpe a golpe. Tenemos un ansia por asociar un cambio de comportamiento a un evento…, pero no sé yo. Al salir del tercer ingreso tomé una serie de decisiones. Con 26. Pero hoy me parecen más gestos que grandes avances. Que estuvieron bien, ojo. La idea es que en esto, como en tantas historias, he ido avanzando conforme me he ido conociendo a mí mismo. Lo que dices, eso es. Un trabajo oscuro que a veces da frutos que se ven más, y otras veces no hay fruto, pero el esfuerzo está ahí. No. Qué bueno. Sigo pensando igual: en el esfuerzo está el premio, claro que sí. Yo qué sé si soy feliz. Tienes cada cosa. Tampoco sé si quiero. Tengo muy claro que quiero seguir peleando ¿Cómo? Así, Virginia, por ejemplo. Siendo capaz de contarle por videoconferencia a una vieja amiga en qué consiste mi pedrada. Porque si tú me entiendes, será bueno para mí. Y me ayudará a entenderme a mí mismo. Tampoco es que piense que todos los que tenemos trastorno bipolar debamos ir con una camiseta, anunciándolo. Pero suma. Todo suma. Lupe ha sido muy importante, cómo lo sabes. Ella lo entendió, ella me quiere así, ella quiso tener un hijo conmigo. Y ha comido marrones en abundancia. Sí. Más de cinco años viviendo juntos. Muchos marrones. Y se lo ha currado pero bien. Me ha hecho dar un salto importante. ¿En confianza? Vaya, pues no lo sé. Pensaré en ello. Seguro que sí. Sentirse amado es algo grande… Sí, aún me quedan unos minutos. Te decía que convivir, amar, sentirme responsable, ayuda. ¡Hala! Todo puede ser presión. Pero llevamos una temporada buena, larga y buena, sin crisis ni brotes. Pequeños amagos. Esto te lo cuento otro día. En mi caso, la idea es no dejar de aprender, ver esta enfermedad como una debilidad, sí, pero también como una oportunidad. Vivir intensamente, ya sabes. Sí, dime.

Claro. Dale mi correo electrónico y a ver si se anima a ir a la charla. Sí, contigo. Y si no, pues nada: cada uno tenemos nuestros momentos y nuestros ritmos. Y el que no los respete, que se compre un mono.

Sí, nos vemos allí. Siempre es un placer volver a verte. Siempre es un placer encontrarme con alguien que muestra interés. Que oye y que ve.

 

(Texto escrito originalmente como artículo para el blog de ActivaMent. Un saludo a toda la peña que se lo curra en Barcelona)

LA MEDICACIÓN (Y 2) ¿ESTIGMATIZA?

7 Mar

¿Marca al que la toma? Si va bien cargado ¿se le señala con el dedo? ¿Es otro factor causante del autoestigma?

Hace unas semanas, en la Biblioteca en la que trabajo entro una chica muy joven -de mi edad, vamos- y estuvo un rato haciendo uso del bien común. Recomendable actividad, por cierto. Cuando se iba, me preguntó algunos detalles sobre los servicios de la Biblioteca. No me pude aguantar. Entre susurros -es lo que procede en este espacio- le dije que yo tenía trastorno bipolar y le pregunté de qué iba puesta. Se sorprendió, no demasiado, y me respondió que de clonazepam y de lorazepam.

Nos reconocemos entre nosotros. Somos un subgrupo. Pero ¿por qué?

Por las pupilas. Por la ausencia de saliva en la boca. Por el aliento. Por la mirada huidiza, culpable en ocasiones. Por las pocas ganas de relacionarnos que nos da la posibilidad de salir por pies en cualquier momento a nuestros cobijos en caso de sentirnos mal. Por los temblores de las manos. Yo qué sé por qué más.

Si somos bioquímica, como dice Francesc, con la medicación deberíamos ir puestos de lo que nuestro organismo no genera en la medida apropiada. O de complementos que nos ayuden a encontrar paz.

Admito la complementariedad. Rechazo la suplementariedad perpetua.

Esta medicación como suplemento de mi incapacidad puede ser causa de mi rechazo hacia mí mismo si estoy tomando medicación. “Sólo, no puedo. Con amigos, sí” ¿Recordáis “La bola de cristal”?bola

Pues esto es parecido, pero todo lo contrario. “Mira chaval, si has escuchado toda la murga que te he dado, entenderás que tu cuerpo, por razones que ni siquiera nos arrimamos a comprender, es incapaz de segregar patatipatataobladioblada… así que toma de esto tres veces al día. No, no te puedo decir hasta cuándo. ¿Toda la vida? Nunca se sabe…”

Tócate los pies. Ése fijo que se reía de la Bruja Avería, pero no se le rompió ni la lavadora ni le estalló el televisor ¡Injusticia!

Retomo el ejemplo de la diabetes para dar por el riau un poco. Medirte el azúcar en sangre en un bar a las dos de la mañana, puede ser causa de que te señalen con el dedo mugriento de la incomprensión.

Si le susurras al conductor de un autobús urbano -villavesas en esta ciudad- que te abra la puerta porque te quieres bajar, porque ya no aguantas más estar ahí metido, estás blanco como el papel y sudando a chorros… no hay dedos mugrientos de incomprensión. No solamente. Hay rechazo. Por desconocimiento, por miedo, por lo que sea. Pero estás así porque un licenciado en medicina y no siempre doctor en psiquiatría ha considerado que tienes que tomar esa ponzoña y te ha sentado mal, te ha hecho reacción con otras medicaciones o las dos cosas.

Podría poner un sinfín de ejemplos más. No son horas.

Mejorarán estas drogas. Saldrán otras mejores. Espero que cuesten más. Porque si tengo que tomar alcohol y me dan a elegir entre un güisqui nacional y uno de malta de 24 años, escojo la droga cara y de calidad.

Y me repito. A mí se me vence. No se doma.

 

A la memoria de Leopoldo María Panero

 

SEXO: …TAZA Y MEDIA.

14 Ene

Con la entrada del otro día intenté, en clave inclasificable, abordar el tema de las relaciones sexuales con un diagnóstico de por medio. Estoy hasta las narices de los topicazos de:

manía=hiperactividad sexual

depresión=apatía.

Venga ya. En plena crisis maníaca he podido estar tan distraído que llegar a un clímax potable venía a ser una ardua tarea. Y por seguir llevando la contraria, uno de los mejores métodos que conozco para intentar salir de un cuadro depresivo es hacer el amor aunque no apetezca demasiado. Hasta los mismísimos de que pretendan que sea un enfermo de manual. Incluso de cintura para abajo.

Escribí: de lo bueno, mucho y muchas veces. Yo quiero lo que me gusta. Parece simple. Y simplista. Pues vale. Conseguir canalizar frustraciones, amores, deseos, dolores, miedos e iras gracias a una actividad saludable es la panacea universal. No hace falta receta.

Creo que la mejor forma de llevar una vida sexual sana es querer llevarla. Desnudos nacimos y desnudos podemos encontrar momentos intensos que nos pueden hacer olvidar historias desagradables, tabúes, estigmas, enfermedades, sufrimientos…

Gocemos. Que a la gente le molesta mucho.

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