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EVITAR UNA DEPRESIÓN. TRASTORNO BIPOLAR.

29 Mar

Escribo en el libro:

Alguna vez he pensado que es como estar en el mar, asociado a esa fuerza superior que para mí es el mar.

Por ejemplo, cuando me vengo abajo -ojo, son mis depresiones, mías, particulares, como el patio de mi casa-, he aprendido que más vale dejarse llevar un tiempo, como cuando te atrapa la resaca en la playa, como una potente corriente que te lleva mar adentro. Mi trabajo consiste en detectar cuándo estoy lo suficientemente lejos de la orilla y cuándo me siento lo suficientemente lejos como para empezar a nadar de vuelta, evitando esa mala corriente. No tiene que ser ni muy pronto ni demasiado tarde.”

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No me aburro de leer guías sobre cómo tratar a alguien que está deprimido, escritas con la mejor intención. ¡No todos somos iguales! Si quieren ser genéricas, no aciertan; si quieren atinar mucho, corren el riesgo de ser poco útiles. Quiero pensar que todos somos diferentes. Por eso mi espíritu crítico se dispara.

Catalogan las depresiones según variados criterios y lo que te rondaré, morena. En consecuencia, se pueden aplicar innumerables tratamientos según la corriente que siga el terapeuta. Tranquilos que en este jardín no me voy a meter.

También están entre mis lecturas, y de ahí el título de esta entrada, artículos y libros que hablan de “Higiene”. Higiene preventiva, se entiende, para evitar caer en un trastorno depresivo. Dar paseos. No tomar excitantes para mantener unas buenas rutinas de sueño (por lo de la irritabilidad como síntoma recurrente supongo que también…). Frutas y verduras. Sol. Música. En fin.

Sigo creyendo firmemente en que

-a cada uno nos sirven unos sistemas preventivos determinados (no me fastidies, a mí no se me atenúa la frustración paseando media hora tres veces a la semana),

-que es la experiencia la que nos dicta la validez de los mismos dependiendo del momento o de la edad o de la causa o de la severidad del asunto y

-que es algo que construimos todos los días.

Ante la primera depresión, indefensión por el tortazo. Hay que asumirlo. A partir de ese momento, toca tejer un arsenal de herramientas que prevengan. También, si a pesar de todo, estás sumido en la mierda hasta el cuello, debe tener el objeto de minimizar el sufrimiento.

Personalmente, me sigo aferrando a la metáfora del mar a la que hago referencia en el libro: si estoy deprimido, he de ser capaz de hacerlo con los ojos abiertos, ahorrando fuerzas, para saber cuándo me toca empezar a nadar hacia la orilla. Al menos, intentarlo.

Esto me sirve a mí. ¿A ti? Ojalá, lector, no tengas ni puñetera idea de lo que te hablo.

PS Podemos hablar de las depresiones que siguen en el tiempo a una fase hipomaníaca o maníaca. O dejad algún comentario y tiramos por ahí, yo qué sé…

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BARRABASADA

18 Mar

1. f . coloq. Acción esencialmente loca que un sujeto comete estando sometido a síntomas de una perturbación mental.

Esta definición que me acabo de sacar de la manga -larga, que todavía hace fresco por aquí- admite matices. Me pongo a ello porque es un término que uso con frecuencia y que no siempre ha quedado claro.

Chaladura podría ser el sinónimo más aproximado. Locura le da un tono más grave, menos festivo. Aunque quizás podría valer también, por qué no.

En general, es un acto incomprendido y fuera de lugar. Sorprendente y desconcertante. Muchas veces no acarrea consecuencias porque no deja de ser una salida de tiesto gamberra. Cuando se dan ciertas circunstancias, como por ejemplo que haya espectadores y/o sufridores que hayan padecido con anterioridad otra barrabasada; o bien que se cometan varias con poca diferencia en el tiempo; o tal vez que, como testigos o como blanco de dicha acción haya… “autoridad”… la acción atropellada puede tener consecuencias algo más serias. Es que hay gente que no tiene sentido del humor.

Fotograma de Birdman

Fotograma de Birdman

Lo cierto es que mis barrabasadas no han solido tener mucha gracia. Para los demás. Han cobrado tintes dramáticos cuando, a día de hoy, estoy convencido de que quitándoles importancia y tomándolas como algo más ligero, mucha menos sangre hubiera llegado al río.

Aquí podría ponerme a disertar sobre el miedo que pudieron provocar desde el punto de vista de que fueron síntomas que no se trataron más que dentro del marco de un diagnóstico. Miedo provocado por las experiencias previas de que la suma de síntomas provoca o agrava un brote.

Hala, majos. No quiero frivolizar más sobre este tema. Las barrabasadas son, han sido, manifestaciones que parten de mi forma crítica y algo gamberra de ver la vida. Si soy, como algunos dicen, “expansivo” y “enérgico”, no esperen que cuando se me vaya la pinza me dé por hacer punto de cruz.

 

TESTIMONIO FICTICIO

18 Sep

“Buenos días.

Tengo 35 años y me diagnosticaron trastorno bipolar hace ya 7, después de tener a mi segundo hijo. Estoy divorciada y escribo esto porque me siento muy feliz.

Yo era una chica muy normal. Bueno, tenía cierta tendencia a la melancolía ya desde la adolescencia. Me ponía muy triste, deprimida según mi médico de cabecera. A los 17 me recetó mis primeros ansiolíticos y mis primeros antidepresivos. Me puse a trabajar antes de cumplir los 20.

Un par de años más tarde me intenté suicidar. Me ingresaron. Estuve casi un mes internada y, al volver a trabajar, me despidieron. Fue mi primer despido.

Conocí al hombre de mi vida un año más tarde. Me sacó del agujero. Supe que lo que es el amor. Nos casamos tras año y medio de noviazgo. Mi primer hijo vino enseguida: volví de la luna de miel embarazada. La depresión postparto me agarró fuerte y me volvieron a ingresar. Al salir, comenzaron las peleas con mi marido. Las peleas y las reconciliaciones.

Comencé con una nueva medicación, encontré un trabajo de mierda, encauzamos la relación y parecía que todo iba a ir bien. Incluso fuimos a buscar el segundo hijo. Y lo encontramos. Para no tropezar en la misma piedra, me tomé el embarazo, el parto y el permiso de maternidad de otra manera. Tenía que vivir con alegría para atender a mis hijos, para no trasladarles los pensamientos tan horribles que solía tener.

Buscamos un nuevo psiquiatra, el quinto de mi vida, que fue el que me diagnosticó trastorno bipolar. Fue después de un “episodio”, que dicen ellos, en el que me dio por irme de compras y dejar la tarjeta de crédito bailando. Y por alguna otra cosa más que no viene a cuento.

Mi marido se fue, “harto de vivir con una loca”.

Volví a ingresar, esta vez estrenando diagnóstico. Y todo fue mucho mejor, mucho más rápido. Cuando me dieron el alta no esperaba encontrarme con la orden judicial en la que mi marido pedía el divorcio, la patria potestad y la custodia de mis hijos.

He luchado mucho desde entonces. Primero contra mí. Luego conmigo. Después por mis hijos.

Ayer salió la sentencia. Tengo trastorno bipolar. Estoy divorciada. Tengo dos hijos a mi cargo. Pero, sobre todo, tengo unas ganas de vivir que no caben en esta habitación.”

 

Como se suele poner, todo parecido con la realidad es mera coincidencia. Esto me lo he inventado yo porque así me ha apetecido, no tengo que dar explicaciones, y sería de muy mal gusto que alguien pensara que esto está basado en su propia vida.

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