SOLEDAD, TRISTEZA Y DESCOJONO

27 Jul

Cada vez leo más que, por delante y por encima de todo todo diagnóstico, es la soledad la causante de mayor dolor en personas que arrastran un diagnóstico de enfermedad mental. Soledad como causa del estigma y del autoestigma. También provocada por viejos complejos asociados, de nuevo, a síntomas. La incomprensión de quienes más importan pueden llevar a agudizar esa dolorosa sensación de soledad. Y me refiero a ese aislamiento involuntario y no deseado. “Solo rodeado de gente.”

Así pues, me sumo a quienes opinan que la mera soledad puede ocasionar más dolor que las consecuencias de unos síntomas, un diagnóstico o una enfermedad por sí mismos.

Siguiendo con este cascabelero texto, la tristeza… ¿o debería hablar de la melancolía siguiendo las enseñanzas de La Revolución Delirante? puede tener diversas causas. Una de ellas, cómo no, sería la soledad. Pero existen otras muchas. Por causas propias, ajenas. De comprensible explicación. O no. Como parte de un proceso de duelo…

Marea en el Kutxitril, creo

“Prima tristeza”, de Marea

Muchas veces me he referido a mis depresiones como “mis tristezas”. No sé si como un eufemismo, o porque no siempre he tenido claro que alcanzaran el concepto clínico de tales supongo que por duración y esas mandangas. A los que también me suelo referir recurrentemente como “comer mierda”. Aquí me detendría a debatir sobre si hace falta sufrir determinados síntomas durante dos meses para que se considere depresión. Digo yo que se puede sufrir más en un fin de semana que en un mal año. Pero como lo considero harina de otro costal y quería ser breve, lo dejo aparcado para otra vez o para los comentarios o para todo lo contrario.

Como muchos de vosotros, lectores, yo tampoco considero que haya venido a vivir a un valle de lágrimas. Por otro lado, el llegar a ser un hedonista de manual huajoloteño me queda lejos. Asumí tiempo ha que, en lo que a mis momentos vitales se refiere, el objetivo es moverme entre esas dos aguas. Procurando aprovechar los sabrosos y minimizar en tiempo e intensidad los amargos. Como todos, digo yo.

No me cuesta reconocer que he tendido a regodearme en el mullido colchón de la autocomplacencia y el mamoneo, ahí tirado sobre la hamaca arrulladora de la desidia y el abandono. Además, ser tendente también a la euforia, me ha resultado costoso no dejarme llevar por la alegría desbordante que se puede sentir al comprobar que todo sale de forma y manera óptima, hasta el punto de creer que es así como siempre me debieran salir las cosas.

Me acerco inexorablemente a los cuarenta años. Sigo sin saber relativizar estas historias con que la vida se empeña en entretenerme, la muy cachonda. He utilizado en repetidas ocasiones (ver artículo para ActivaMent) el afectado argumento de que la experiencia me hace más perro y más sabio, y cosas por el estilo. Bien. A día de hoy creo que, si sigo tan capaz de sorprenderme a mí mismo repitiendo errores e incluso mejorándolos, esto es, cagándola aún más, he perdido mucha fuerza moral como para poder usar dichos argumentos -que se resumen en que pa huevos, los míos- sin dejarme en el más absoluto de los ridículos. Claro está, hasta que no rellene el cargador a base de tiempo y pueda dogmatizar (de nuevo) sobre la esperanza y la experiencia que da el fracaso.

Lo mismo para entonces publico otro libro.

Elena Figoli para ActivaMent

Elena Figoli para ActivaMent

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