Deprimido en San Fermín. Sobre mojado.

1 Jul

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Hace justo un año publiqué una entrada, Deprimido en San Fermín, en la que intentaba abogar por el respeto hacia los estados de ánimo de los demás. También intentaba reflexionar sobre la aceptada conveniencia de estar alegre cuando todo el mundo lo está a tu alrededor. Es ésta que sigue, un poco abreviada:

“Una de las cosas que más me revienta es la exigencia de tener que tener un estado de ánimo acorde con las circunstancias y los eventos.

Así como estar de subidón el día de todos los santos, por ejemplo, es pecado para muchos y está mal visto para casi todo el resto, si hay un momento en mi ciudad en el que estar feliz y contento es norma obligatoria es el 6 de julio y los días que le siguen. Las fiestas de San Fermín.

He de decir que para mí es, con mucha diferencia, el mejor día del año. Esta ciudad conservadora y pazguata se transforma en un todo vale. Sin reloj, sin hambre y con una sed infinita de casi todo. Los que han venido de fuera, contagian a los de aquí (o al revés) las ganas de divertirse a todo trapo no importa dónde y no importa -demasiado- con quién. Los pamploneses hemos ido contando los días, hasta las horas, para que llegue el momento de quitarnos la caspa y disfrutar.

German (tiroa burun)

Germán Rodríguez. Sanfermines 78

Un 6 de julio, ya de noche (…) la agresividad y la ira se habían apoderado de mí. Otra vez. De que estaba a punto de perder una partida que hacía no mucho que acababa de empezar.

Me fui a casa. Me tiré todas las fiestas, hasta el día 13, con una sola ducha mediante, en casa. Durmiendo. Leyendo. Viendo la tele. Todo a deshoras.

Triste. Dolorido. Procurando evitarme a mí mismo sin conseguirlo. Ansioso. Esclavo de mi ira y de mi decepción.

Cuando volví a salir a la calle, esa tarde del día 13, me di cuenta de que podía no haber desaprovechado tantos días de jarana.

O sí. No lo sé. Ha pasado mucho tiempo. El hecho de sentir aquel dolor no me preparó, no fue un ejercicio constructivo, no me aportó un aprendizaje que años más tarde tuve la ocasión de poner en práctica.

Me gustaría ser capaz de respetar a los que no tienen el cuerpo para farolillos cuando se supone que hay que tenerlo. También quisiera ser capaz de admirar a los que no claudican con los estados de ánimo dominadores y dominantes.

Lo que más me gustaría, para qué me voy a engañar, es que me respetaran por lamerme las heridas cuando me parece oportuno a mí, no a ellos.”

Este 2015 soy todavía más escéptico que el año pasado.

Pero también sigo creyendo en la fuerza del contagio. Del fenómeno que se produce cuando casi todo va bien para casi todo el mundo. ¿Que sea un efecto balsámico de corta duración? Vale, que nos quiten lo bailao. Al menos durante esas horas o días la angustia remite.

SF1

Ya falta menos.SF2

 

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