UN RELATO DE AMOR PECULIAR: “Y me lo dices ahora…”

13 Feb

Unmade Bed --- Image by © Royalty-Free/Corbis

Y ME LO DICES AHORA…

Encajo la pregunta en el quicio de la puerta de su dormitorio. Imagino que no ofrezco una estampa muy atractiva en calzoncillos y calcetines. Echo un vistazo a la habitación hasta que la mortecina luz que empieza a entrar por la ventana me deslumbra sin consuelo.

Unas horas antes tenía todas mis seguridades en su sitio. Me sentía feliz, satisfecho. Incluso poderoso.

­­­­—Suena a reproche.

—No te pongas a la defensiva. Creo que es algo muy importante. Has tenido oportunidades de sobra para habérmelo dicho antes.

— ¿Me pongo a la defensiva? Puede ser. —Alcanzo un cigarrillo de la mesilla. Me siento en la cama y lo enciendo con toda la parsimonia que encuentro entre el sudor de mis manos.

Nos habíamos encontrado tres semanas antes en un curso de cocina macrobiótica. Me había apuntado sin mayores pretensiones: me había vuelto a quedar sin trabajo, una vez más. Supongo que el otoño empuja a aprender. Era imposible no fijarse en ella. Sólo asistíamos siete personas y, como cocinábamos platos por parejas, alternando, por fin me tocó con ella. Me gustó mucho lo que le oí decir. Además, olía muy bien.

La siguiente tarde le propuse tomar algo después de la clase y aceptó con una naturalidad abrumadora e inquietante. Un par de horas más tarde habíamos compartido infusiones, risas nerviosas y alguna silenciosa mirada. Nos quedaba una semana más de curso y, no sé cómo, quedamos para cenar ese viernes. Es decir, hace un rato. O ayer. Bueno, como lo quieras ver.

—Te he hablado de mis trabajos y de mi familia. Ha resultado que tenemos amigos y algunas aficiones en común. No sólo tenemos amigos en común. Los dos le hemos cogido una manía terrible a la comida macrobiótica.

—No tiene gracia.

Esto se pone serio, efectivamente. No tengo claro si quiero empezar una relación estable con ella, principalmente porque ella tampoco ha dicho nada al respecto. Esto empieza a ser un juego de dignidad y de voluntades. No estoy dispuesto a que me tenga por un mentiroso. Me apetece que sepa más de mí. Que lo que vea, le agrade. Que, al menos, no me haga ponerme los pantalones en las escaleras del portal.

—En la cena, hace sólo un rato, me he enterado de que no eras una funcionaria a secas. Eres médico. Doctora en psiquiatría. Bien que lo me pudiste haber dicho antes…

— ¿Te crees que voy diciendo a las primeras de cambio que soy psiquiatra? Algo he aprendido yo también y no voy soltando que soy loquera a los chicos que me gustan así, alegremente.

—Vaya.

—Toma, claro. En el mundo de la medicina nos ven como a los raritos. No te hablo de estadísticas. Te hablo de mi experiencia personal. No sería la primera vez que lo cuento y, al rato, escucho un ya te llamaré yo. Y si te he visto, no me acuerdo. Incluso me pasó con un cirujano, una vez.

—Jamás lo hubiera pensado.

—Me parece que te estás cachondeando de mí…

—Que no, que no. Para nada. —Apago el cigarrillo en el cenicero de su mesilla. Adopto una de esas ridículas posturas para intentar mirarla a los ojos. —Hay cosas que no me explico ¿Por qué me lo has contado a mí? ¿Por qué me lo has dicho esta noche? ¿Tanto vino has soplado en la cena?

—Pues no. Me pareciste sensible. Sincero. Alguien en quien se puede confiar. Cariñoso. Yo qué sé…

Me levanto y paseo por la habitación. Me desnudo por completo y me meto bajo el edredón, a su lado. El sol que entra por la ventana ya no es tan mortecino. Entra limpio, dejando de ser la promesa de un día claro. Creo, intuyo, que he reencontrado mi seguridad.

—Me parece que el asunto es que le has dicho que eres psiquiatra a un tío al que apenas conoces. El que ese tío tenga un diagnóstico de trastorno bipolar es algo que tendrás que ir asumiendo. Hasta entonces, dame un beso como los de hace un rato, que esa dosis la tomo con gusto.

Me suelta un codazo en la séptima costilla sin quitarse la sonrisa de la cara. Tras mi quejido y unos instantes eternos dedicados a comprobar las posibles grietas del techo, ella dice:

—Nadie es perfecto.

Pienso en que la perfección es una maravillosa suma de errores. En que yo no quiero estar cerca de esa perfección. En que ella es la persona de quien puedo enamorarme.

Si no la veo con bata, claro. O incluso con bata. Ya puestos…

Este relato participó en el III Concurso de Relatos Libre Mente de Agifes. Enhorabuena a los premiados, que están mucho mejor escritos (www.agifes.org), salvo que me parecen menos cachondos.

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5 comentarios to “UN RELATO DE AMOR PECULIAR: “Y me lo dices ahora…””

  1. Sergio Saldaña Soto 13/02/2015 a 12:19 #

    Qui est la personne que a lite l´entrée- et des autres choses del blog- á la France, s´il vous plait? Nous nous avons connu, peut-être?

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  2. Gorka 14/02/2015 a 10:25 #

    ¡Muy buen relato! Esto es bueno, esto quiero leer: te hace sumergirte en los personajes y no te permite abandonar la lectura hasta saber todo lo que tienen para contarte; siempre menos de lo deseado.

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  3. NURIA 14/02/2015 a 14:39 #

    Ya sabes que me encata como escribes, y este es otro de esos pequeños relatos tuyos que tanto me gustan. Tendrías que dedicarte a explotar más ese lado tuyo tan novelesco y romántico. Vamos que, escribas alguna novela chula y la publiques para que la podamos disfrutar todos.
    Muchos besos.

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    • Sergio Saldaña Soto 14/02/2015 a 20:53 #

      Gracias, Nuria, también por los besos.
      Tengo muy en cuenta tu recomendación. Me temo que la competencia es feroz: Boris Izaguirre, Almudena Grandes… Y, en novela negra, lo tengo más negro: Dolores Redondo, Maribel Medina, Chocarro…
      Todo se andará: ¡soy joven! Y el disco duro de un ordenador da para mucho.

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