LA SABIDURÍA DEL FRACASO

14 Abr

En las instalaci0nes de Tajonar del C. A. Osasuna, en las paredes de los pasillos, había una serie de placas con mensajes educativos. El que más me llamaba la atención era uno en el que se podía leer: “Hay que saber ganar. Hay que saber perder”.

Me parece que nunca se acaba de aprender. Ni a ganar ni a perder. Puede que en eso consista la vida. A mí, lo de participar sin más, no me va ni con gaseosa. Lo de empatar, lo de que la vida pase por mí sin obtener de ella más que lo servido… Los que leáis este blog conocéis mi cantinela de sacarle el jugo, de beberse el cáliz hasta las heces y demás.

Como yo no acabo de aprender, a los hechos me remito, y soy consciente de mi impericia en muchos importantes aspectos, sigo con la ambición del que no se conforma con lo que tiene. El objetivo está claro: mejorar. Qué bonito. Mejorar ¿para qué? Ni más ni menos que para seguir intentando vivir con intensidad.

La sabiduría que nos da el fracaso“. He estado leyendo y escuchando historias que las relaciono con esta frase que escuché con atención a Robe Iniesta, Extremoduro. (Empiezan tremenda gira el mes que viene, más de cuarenta conciertos y luego, América Latina). Siempre se dice que se aprende mucho más de lo malo que nos pasa que de lo bueno. Una frase que ha tenido que escuchar mucha gente en pleno proceso de duelo.

A golpes se puede aprender. Hasta se debe, si me apuráis, en deteminadas circunstancias. La clave, para mí, está en esa consciencia que permite hacer valoraciones que vayan más allá del qué mal lo he pasado, seguro que la vida me recompensa más adelante.

Inmediatamente después de fracasar, de perder, del guantazo… es muy complicado llegar a conclusiones que puedan ser útiles más adelante. Ése inmediatamente después es, para mí, momento de observación. Nada más. Forma parte de la recogida de datos.

Pasado un tiempo -jamás sabré cuánto, al paso que voy- es cuando comienza el partido de verdad. Cuando hay que rebobinar, tirar de analogías con experiencias pasadas, discriminar actuaciones procurando ser justo con uno mismo e intentar hacer todo esto con frialdad, a pesar del golpe que sufrido hace tan poco tiempo.

Estoy refiriéndome al trabajo que vale la pena. Al que no tiene precio. Al que nadie que no sea uno mismo puede hacer. Porque el beneficiado es uno mismo. En ese trabajo procuro ser eficiente por esa mismo razón. Donde procuro ser realista. En fin… Donde sé que todas los conclusiones que pueda sacar serán válidas si lo hago bien.

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¿La sabiduría del fracaso? Sí. Es un buen maestro. Porque son mis propias experiencias -las vividas en mis carnes y las que nadie más puede sentir- las que que me van a enseñar a evitar los mismo errores en el futuro. Esto es de cajón. Ya lo sé. Pero no percibo que la interiorización de este tesoro haya sido simpre tan efectiva. No lo ha sido para mí. Aunque me llenara la boca diciéndolo.

Hay más. Tengo que llegar más profundo, más fuerte. Y tengo que hacerlo con ese objetivo: que mi aprendizaje me haya servido para evitar, sí, pero también para exprimir lo que venga, lo bueno y lo malo, con entusiasmo. No me vale dejarme llevar por la abulia del fatalismo. Es una actitud que arrastré una larga temporada y no hizo más que enfangarme e impedir impactos potentes en mi existencia. Demasiado aburrido.

“Cada vez que me ves soy más sabio y más perro”. Hala pues, seguiré metiéndome en mi pensamiento con la esperanza de sacar sabidurías prácticas que me resulten útiles para… todo lo que me queda por vivir.

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2 comentarios to “LA SABIDURÍA DEL FRACASO”

  1. cristinaochoateres 15/04/2014 a 9:36 #

    ¿Dónde está la sabiduría? Es juguetona toda ella. A veces se presenta descarada y otras se esconde y tardas tiempo en darte cuenta de que te estaba dando una lección.

    A veces pienso que no existe. Y de lo que estoy segura es de que depende de uno mismo y su actitud. No todo el mundo quiere aprender de lo vivido. Otros, como tú, se esfuerzan en avanzar, en mirar al pasado pensando en el futuro, en vivir con intensidad. En vivir, en definitiva y no dejar que la vida pase sin darte cuenta siquiera de que un día fuiste feliz… Le tomo prestada la canción a Cristina Rosenvinge…

    El día que yo fui feliz
    nadie tocaba el violín
    ni una maldita florecita
    ni arcoiris sobre mí

    El día que yo fui feliz
    nunca pensé que fuera así
    y como nadie me avisó
    no me di cuenta y me dormí

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    • Sergio Saldaña Soto 15/04/2014 a 9:52 #

      Vaya.
      Estoy empezando a poner a la Sabiduría y a la Felicidad en el mismo plano. Estados a los que llegar, pero no tienen que ser necesariamente la meta. “En el camino está el premio”. Si es así, el Aprendizaje y el Bienestar son, esencialmente, los premios.
      Bendita la Rosenvinge que se duerme por no ser avisada.
      Gracias por tu aportación Cristina. Siempre esperaré la siguiente.

      Me gusta

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