PARAR UN FÓRMULA 1 CON FRENOS DE BICICLETA

25 Nov

FRENAZO BICI BOBBY

Iker Arrizabalaga, en una charla con AGIFES, utilizó esta expresión. Me dio su beneplácito para que yo hiciera uso de ella.

Explicaba lo que tiene que suponer evitar males mayores cuando una persona con trastorno bipolar está maníaca. Así lo recuerdo. Decía que tiene la complicación de intentar, después de una recta y haber alcanzado la máxima velocidad y ante una curva cerrada, frenar un Ferrari con unos frenos de bicicleta.

Conozco a muchas personas sin diagnóstico a los que se les nota el esfuerzo por intentar no perder los estribos. A causa del momento personal, de la tensión, de la impaciencia, de la presión, del tema que se esté tratando, del interlocutor… de lo que sea. Hay peña con mucho autocontrol que consiguen frenar su Fórmula 1 cuando ven que se dispara y luego viene una curva.

¿Cómo? Habría tantas respuestas como personas. No. Habría muchas más todavía, porque no utilizan el mismo método siempre. Pero han llegado a conocerse, a saber de qué remedio tirar para no mandar a tomar mucho por el viento a la persona, o a la situación, que le está sacando de sus casillas.

Lo han conseguido a base de experiencia, de años aguantando su propia mala leche, enfrentándose a situaciones parecidas y a esa sensación; de valorar lo que pierden si se dejan llevar y lo que ganan si moderan sus impulsos. A base de crecer, de aprender y de seguir queriendo hacerlo mejor.

Incluso Cristo perdió los papeles y la lió parda. Pero parda.

Si hago algo parecido yo, un domingo en el mercado de Landaben, acabo esposado e ingresado, con tres meses de baja por delante y un pupurrí de amnésicos, tranquilizantes, sedantes; y luego más tranquilizantes, antidepresivos a saco y la duda de si podré volver a teclear antes del próximo cambio de hora.

Yo mismo soy capaz de valorar el esfuerzo de un amigo por no salirse del tiesto ante una situación que le está tocando los cojones, a pesar de que veo cómo se le hincha la vena. Pero ¿qué cojones le pasa a esta sociedad, a este “nosotros”, a este “los demás”, para no tener el cuajo de dar una palmada en la espalda cuando vemos a uno con una buena chaladura sujetarse los machos, respirar hondo, decir que se va a dar una vuelta y que luego vuelve, o ir a tomarse una pirula, o lo que sea que haga para templarse?

Creo, sé, que no siempre se nos valora el trago que supone. Porque la sombra de la agresividad está ahí. Porque hay precedentes de violencia. Porque, al menos en mi caso, me he ganado esa marca y ese estigma y esos prejuicios a pulso, y puede más el miedo al ver mi vena hinchada que la valoración del esfuerzo que hago porque no reviente. Sobre todo, porque no le reviente al que me la está hinchando (la vena) en la cara y le salpique de sangre, de lágrimas, de sudor, de…

Es justo y necesario reconocer, al menos en mi caso, que soy yo el responsable de eso: de que en vez de valorar mi esfuerzo de contención, mi interlocutor haga mucha memoria porque no se aclara si es el 221 o 112 o el 902. Hace falta tiempo. El miedo tiene memoria, y muy buena, en eso se basa la supervivencia. Y si esa persona lo ha sentido antes por mi culpa, es fácil que lo vuelva a hacer. Más fácil que estar en posición de evaluar mi intento de moderación.

Ante este fenómeno repetido, sólo tengo una respuesta. Seguir. Seguir demostrando que muchas veces soy capaz de no perder esos papeles. Seguir levantándome cada mañana sabiendo que cada situación es un riesgo en esencia. Sabiendo que es parte del juego. De un juego en el que he elegido participar. Sabiendo que es muy difícil hacer que la tendencia cambie. Pero sabiendo que esa posibilidad está en mí, en lo que demuestre cada día.

Pero sobre todo sabiendo que sentir cómo te acaloras, cómo te vas poniendo rojo hasta las orejas, cómo se te hincha la vena del cuello, cómo te sudan las manos y las gotas de sudor empiezan a resbalar por tus costillas y tienes unas ganas enormes de estampar un puñetazo contra la pared, puede que sólo contra la pared…sentir todo esto es desagradable.

La satisfacción de haber hecho la tarea y de, a pesar de todo lo anterior, haber conseguido dominar tu bicha, es grande. Muy grande. Es otra prueba superada. Es una prueba superada. Es una demostración para el que tienes delante. Pero sobre todo, para mí mismo. Porque el premio me lo he llevado yo. He ganado yo. Y estaré mejor preparado para la siguiente vez.

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